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Las cárceles más duras quizá consiguen el efecto contrario que persiguen

Las cárceles más duras quizá consiguen el efecto contrario que persiguen
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Según un estudio llevado a cabo hace unos años, los reclusos asignados a condiciones más severas en una cárcel tienen mayor probabilidad de cometer un nuevo delito al salir.

Las duras condiciones carcelarias, en vez de disuadirlo de cometer futuros crímenes, lo que hacen es que el criminal se curta y se vuelva más violento al regresar al mundo exterior.

Puntuación

En el estudio, realizado en prisiones federales de Estados Unidos, se les asignó a los reclusos una puntuación concreta basada en la naturaleza de los delitos cometidos y en los antecedentes penales, que establece las condiciones de la estancia en prisión.

Quienes tienen una puntuación alta cumplieron penas en prisiones de alta seguridad, lo que significaba tener menos contacto con otras personas, menos libertad de movimientos y probablemente más violencia por parte de los guardias u otros reclusos.

Es cierto que en las prisiones de alta seguridad habrá más asesinos y violadores; en los de baja seguridad, más traficantes y ladrones. Es decir, que los reclusos no son comparables per se. Sin embargo, los que se hallan justo por encima y justo por debajo del corte numérico entre ambos tipos de recluso tendrán antecedentes penales y personales muy similares. Así que solo un solo punto de diferencia hace que una persona similar cumpla condena en una cárcel de alta seguridad o una de baja seguridad.

Si bien los tamaños de muestra pequeños limitan la precisión de las estimaciones, los autores argumentan que estos descubrimientos pueden tener implicaciones importantes para la política penitenciaria, y que es probable que esta metodología sea aplicable más allá del contexto particular estudiado.

Sin duda, esta clase de estudios son pertinentes porque los delincuentes, por mucho asco moral que nos produzcan, son seres humanos, y probablemente víctimas de sí mismos. El neurocientífico Wolf Singer lo ha expresado así: la mera actuación anómala de un delincuente ya nos sugiere que algo funciona mal en su cerebro, aunque no conozcamos los detalles neurobiológicos aún. El neurólogo Dick Swaab también abunda en ello en su libro Somos nuestro cerebro, aduciendo que hay demasiados factores que se escapan a nuestro control y que determinan la probabilidad de que tengamos problemas con la justicia:

El nivel de agresividad de nuestro comportamiento viene determinado por nuestro sexo (los niños son más agresivos que las niñas), nuestro legado genético (pequeñas mutaciones en el ADN), la alimentación que el niño recibe a través de la placenta y la exposición prenatal al tabaco, alcohol y fármacos durante la gestación.

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