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Leer libros de ciencia no solo sirve para aprender ciencia

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Aprender ciencia no solo sirve para saber de ciencia. Si se leen los libros de ciencia adecuados, incluso se puede hacer otra cosa: aprender a pensar científicamente.

Lo que te permite, además, tomarte un café con las personas más interesantes y estimulantes del planeta.

Libros de ciencia

Los libros siempre me han parecido la destilación más pura y quintaesenciada del pensamiento humano. Por eso somos muchos los que preferimos conocer los libros antes que los autores que hay detrás. Porque los libros no acostumbran a ser la transcripción de un monólogo interior del autor sino el resultado de mil golpes sobre el yunque de las ideas para moldear un discurso coherente con una prosa atractiva.

De esta forma, no interactúas con el autor, sino con su mente depurada, químicamente pura, ajena al arbitrio, la improvisación y las azarosas circunstancias de las interacciones en tiempo real.

Algo similar a lo que le sucede a la protagonosta de Una lectora nada común, de Alan Bennett, donde se plantea la divertida hipótesis de que la reina Isabel II de Inglaterra de repente es sacudida por una fuerte afición a la lectura: "La reina no tardó en llegar a la conclusión de que probablemente lo mejor era conocer a los escritores en las páginas de sus novelas, y más bien como productos de la imaginación del lector, al igual que los personajes de sus libros".

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Por eso me gusta pensar en algunos libros de ciencia como si fueran una persona, y no solo una publicación. Una persona llena de neuronas activísimas (sus autores). El ideal de persona con el que me gustaría tomar un café cada tarde.

Si admitimos esta fantasía, que un libro de ciencia es un ideal de interlocutor y la cafetería es el locus amoenus de las ideas, entonces no solo aprendes cosas nuevas, sino que aprendes a pensar de formas diferentes. A enfocar los problemas poliédricamente.

Cerebro grande, canal del parto pequeño

Hay un imperativo biológico que puede resumirse así: la evolución darwiniana resolvió que lo óptimo no solo era nacer con un cerebro muy grande sino también desplazarnos en posición bípeda para poder liberar nuestras manos y usarlas para manipular herramientas (viva el dedo oponible).

Sin embargo, estos dos objetivos colisionan entre sí: si las mujeres son bípedas, el canal del parto es más estrecho, lo que imposibilita que una cabeza tan grande como para albergar un cerebro así vea la luz. La naturaleza encontró entonces un atajo: que naciéramos todos con el cerebro todavía a medio hacer, más pequeño, más inmaduro. Por eso el ser humano es un animal que empieza su vida totalmente desasistido.

Eso fue un handicap, porque necesitamos ser cuidados por nuestros padres hasta que nuestro cerebro madure. Pero también nos dio una ventaja (además de un cerebro más grande y una posición bípeda que liberó nuestras manos): las neuronas todavía tenían que conectarse del todo entre sí, y ya nacidos, interactuando con nuestro alrededor, las neuronas se conectaban así o asá en función de esa interacción.

Por esa razón, factores como el tipo de crianza, cultura, educación y lenguaje tienen un impacto tan decisivo en la conformación de un cerebro humano: porque se forma a medida que vive, a diferencia del otros mamíferos que ya nacen con unos programas preinstalados que les permiten sobrevivir a su entorno sin tal grado de crianza, cultura, educación y lenguaje.

Esos años de formación son tan cerebros que si se aprende un idioma, por ejemplo, ése se hablará siempre con más fluidez que cualquiera que se aprenda más tarde, y ya no digamos si queremos expresarnos con un acento nativo. De igual forma, si en esa primera etapa no se aprende ningún idioma, jamás seremos capaces de hablar fluidamente ninguno.

En otras palabras, durante esa etapa en la que ya hemos nacido pero no hemos nacido del todo, en el que nuestro cerebro todavía está creciendo de tamaño a gran velocidad y conecta las millones de rutas sinapticas, somos casi tan adaptables como una masa de arcilla. Después de esa estapa, los cambios en nuestras estructuras de pensamiento siempre serán más lentas, superficiales y difíciles de llevar a cabo.

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Por eso leyendo determinados lbiros podemos darle al contador a cero, al menos en parte. Para volver a ser jóvenes y lozanos. Para estar dispuestos a conectar de nuevo las neuronas de formas diferentes en función del contexto. Como recién nacidos.

Así, cambiando, conservándonos permanentemente jóvenes, podemos lograr que esta miríada de neuronas que se han unido para conformar al individuo se exprese con arreglo a las siguientes directrices, cual Robocop científico:

  • Ser inteligente, pero no necesariamente brillante en el sentido de que permanece siempre en lo alto de una atalaya intelectual o un caballo blanco moral.
  • Alta competencia artimética, en el sentido de que está cómodo realizando estimaciones.
  • Tener rasgos de personalidad que los psicólogos denominan "apertura a la experiencia" (curiosidad intelectual y gusto por la variedad), "necesidad de cognición" (placer producido por la actividad intelectual) y "complejidad integradora" (valoración de la incertidumbre y visión de las múltiples caras), amén de placer estético por las cosas bien hechas y por las buenas historias.
  • Ser antimpulsivo y desconfía de su primera corazonada.
  • No ser ni de izquierdas ni de derechas, porque ambos extremos son necesarios para vigilarse mutuamente y evitar los excesos, y así mantener el fiel de la balanza donde convenga según las circunstancias.
  • No ser necesariamente humilde en cuanto a las capacidades, pero sí en lo que atañe a sus creencias concretas, que son más hipótesis que tesoros que deben defenderse de los ataques ajenos.
  • Ser consciente de los puntos ciegos cognitivos como los sesgos de disponibilidad y de confirmación, y se disciplina en sortearlos.

Estos libros, pues, son los amigos que nos empujan a que nosotros también cambiemos, ya sea con ellos o en oposición a ellos. Cualquier cosa es preferible al anquilosamiento.

Por eso, me gusta imaginar que hay libros que son como una persona, y que muchas tardes tomo café con ella. Y mantiene una suerte de tensión galvánica en mi mentalidad, antes de que sea demasiado viejo y resabiado.

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