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Escribe correctamente... aunque seas de ciencias

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Si bien es cierto que la gente que es de letras suele evidenciar una ignorancia mayor en ciencias que los de ciencias respecto a las letras, muchos estudiantes de ciencias descuidan su forma de escribir hasta límites peligrosos. Límites que quizá no se aprecian en un taquigráfico twitter pero que dejan en ridículo al interfecto en cuanto pone un comentario extenso en un blog, por ejemplo. Escribir bien, pues, no es una obligación para escritores o poetas sino para todos.

Y con escribir bien, naturalmente, no me refiero a escribir hermético, pedante o meándrico. Me refiero a evitar las faltas de ortografía más elementales, y mostrar unos mínimos de claridad y coherencia en la expresión escrita.

Esto viene a cuento porque a veces recibo algunos correos o comentarios vía blog que, literalmente, no entiendo qué significan. Que uno tenga más o menos faltas ortográficas pudiera parecer poco importante, aunque en absoluto lo es: una única falta ortográfica puede llegar a cambiar por completo en sentido de una frase. Esto lo dice mejor que yo Connie Willis en su deliciosa novela de ciencia ficción Por no mencionar (una obra, por cierto, que es un ataque frontal a las pseudociencias y al pensamiento mágico):

No sería la primera vez que un fallo de comunicación hubiera cambiado la historia. Miren las incontables veces en que un mensaje malinterpretado o no entregado o caído en manos equivocadas ha cambiado el resultado de una batalla: los planes accidentalmente perdidos de Lee para Antietam, y el telegrama de Zimmerman y las ilegibles órdenes de Napoleón al general Ney en Waterloo.
Deseé recordar un caso en el que los fallos de comunicación no hubieran tenido resultados desastrosos. No estaba seguro de que hubiera alguno. Miren la migraña de Hitler el día de la invasión. Y la carga de la Brigada Ligera.
Lord Ranglan, en lo alto de la colina, vio a los rusos tratando de retirarse llevándose la artillería turca y ordenó a lord Lucan que los detuviera. Lord Lucan, que no estaba en una colina y posiblemente sufría de Dificultad para Distinguir Sonidos, no entendió la palabra “turco”, no vio otra artillería que los cañones rusos que le apuntaban directamente, así que ordenó a lord Cardigan y sus hombres que cargaran contra ellos. Con los resultados predecibles.

No soy uno de esos culturetas con una percepción jerárquica de la cultura, tampoco un amante de la pureza de la lengua (soy el primero en jugar con la lengua y e permitirme licencias, digievolucionando el texto). Pero una cosa es una cosa y otra cosa es otra cosa. Uno puede escribir taquigráficos SMS para sintetizar un mensaje en las hechuras de un móvil. Incluso puede permitirse chatear con algún amigo con el deje rural y arenoso de los borrachos. Uno puede hacer, en resumidas cuentas, lo que le dé la realísima gana.

Pero todo ello es permisible si en determinadas circunstancias esa misma persona es capaz de cambiar de registro. El quid está en el registro: parece que cada vez más gente use únicamente un registro. El registro de la verdulería (perdón por los verduleros) o el de los ascensores (perdón por los ascensoristas): hoy hace bueno, ¿eh? Sí, hace bueno.

No creo que existan fórmulas para aprender a hilvanar un texto bajo unos parámetros mínimos de exigencia. Leer mucho, quizá; leer con atención. Mucha práctica con el boli, también. Pero sobre todo y ante todo, cuidado y esmero, y cierto amor por las cosas bien hechas. Cierto cuidado por la imagen que damos a lo demás.

Sin embargo, todavía me sorprendo de que existan individuos que no conozco de nada que se atrevan a ponerse en contacto conmigo de una forma tan deslavazada que apenas soy capaz de extraer el sentido del mensaje. ¿Tan acostumbrados están estos comunicantes a la pereza lingüística que no reparan en que su texto es también su carta de presentación? ¿No se dan cuenta de que con su texto es como si se presentaran a un acto social provistos únicamente con unos calzoncillos manchados de zurraspas?

Y cuidado. No estoy sugiriendo en ningún momento que una persona que muestre una mayor solvencia con la pluma sea más inteligente o culta que otra que no sabe más que expresarse con tópicos e incorrecciones o al estilo indio, “jau, tú hombre blanco”. Conozco a personas que escriben como disléxicos que, sin embargo, poseen una inteligencia (que a saber lo que es eso) y una claridad de ideas que ya quisieran muchos.

Pero si vuestra intención es comunicar ideas a los demás, aunque sean ideas científicas, deberéis esmeraros. Aunque sean ideas vía mail. Aunque sean las ideas que me pongáis aquí abajo en los comentarios. Aunque sean ideas inteligentes y llenas de profundo conocimiento sobre ciencias naturales.

Hacedme caso: es tan importante como seguir el código de la circulación. Tan importante como cumplir con las reglas de la cortesía. Tan importante que, de no hacerlo, no sólo es más probable que nos tomen por tarugos de piñón fijo (aunque no lo seamos) sino que nuestra escritura puede ser fuente de no pocos problemas.

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