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Tu corazón no es especial (ni siquiera cuando te trasplantan el de otro)

Tu corazón no es especial (ni siquiera cuando te trasplantan el de otro)
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A pesar de que corazón y sentimientos han estado íntimamente relacionados por la cultura popular (“son cosas del corazón”), y el corazón representa el icono del amor romántico, el corazón no es un órgano especial en lo que respecta a los sentimientos.

No tomamos las decisiones racionales con el cerebro y las impulsivas con el corazón: ambas las tomamos con el cerebro. Si bien es cierto que nuestro corazón se desboca frente a una escalada sentimental, eso sucede por orden del cerebro que, a través del sistema nervioso autónomo, se encarga de que nuestro cuerpo se prepare para huir, luchar o copular.

El mito de los transplantes

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Debido a que el corazón lleva aparejadas tantas connotaciones emocionales, en el asunto de los trasplantes podemos ser más o menos ecuánimes (menos en el caso de Mariló Montero), pero no así en el corazón. Para muchas personas, en un trasplante de corazón parece que se esté trasplantando la esencia de la persona.

Los periódicos de todo el mundo contienen historias anecdótica de trasplantados de corazón que dicen haberse sentido como dominados por otra personalidad cuando recibieron el corazón nuevo. Tampoco es extraño que se publiquen artículos del tipo “¿reside el alma en el corazón?”. O, tal y como explica el neurólogo Dick Swaab en su libro Somos nuestro cerebro:

Hay también anécdotas de pacientes que después de un trasplante de corazón adoptaron los gustos musicales del donante. Un hombre que recibió el corazón de una mujer sentía de pronto predilección por el color rosa, mientras que antes de la operación lo aborrecía. Una mujer confesó que después de que le hubiese trasplantado el corazón de un jugador de ajedrez, pasó de pronto a dominar perfectamente el juego. También hubo alguien que dijo haber visto en sueños el rostro del asesino de su donante. Historias de esta índole son publicadas en una revista cuya existencia yo desconocía hasta hace poco: Journal of Near-Death Studies.

El problema es que todas estas historias son anecdóticas. Y, también, que en todos los casos los receptores del nuevo corazón habían recibido también información de sus donantes, como el sexo, la edad, las causas de la muerte y otros muchos detalles.

Hasta que una investigación debidamente controlada demuestre lo contrario, debemos concluir basándonos en la literatura clínica y experimental disponible que nuestro carácter reside en nuestro cerebro, y que el corazón solo es una bomba hidráulica de la que no recibimos ningún retazo de la personalidad del donante. Otra causa, sin embargo, para que mucha le gente le pueda parecer lo contrario la sugiere el propio Swaab:

Un trasplante de corazón es una operación extraordinariamente dura, estrenaste y arriesgada, que tiene un gran impacto en la vida del paciente. La persona suele volverse más espiritual, puede sentirse culpable por la muerte del donante y tener la sensación de que éste sigue viviendo en su cuerpo. Además, su comportamiento se ve afectado también por los potentes fármacos que le dan para inhibir el rechazo después de una intervención así.

Ya sabéis: la navaja de Occam rules.

Imágenes | Pixabay

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