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¡Novedad! ¡Gran noticia! ¡Sensacional descubrimiento que lo cambiará todo!

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Vivimos en la época de las noticias a cascoporro, de las bengalas aforísticas y frases breves y con gancho del twitter (me he inscrito hace tres escasas semanas y cada día recibo con asombro cientos de ellas). Y eso también es un problema para la divulgación científica a través de Internet (donde se produce más, se consume más, se compite más para llamar la atención del lector).

Y es un problema porque, a pesar de lo enfático de este título (que probablemente atraerá a más lectores de lo habitual), la ciencia, por lo general, no procede mediante avances súbitos y trascendentales sino mediante teorías que emergen gradualmente, puliéndose como el ebanista pasa la garlopa.

A juicio de algunos periodistas científicos, como Ben Goldacre, la ciencia incluso es un mal género para producir noticias: por su naturaleza es un tema más propio de la sección de reportajes. La mayoría de nosotros, sin embargo, nos inclinamos por ofrecer novedades, pero:

cuando el resultado de un experimento constituye una noticia, es normal que lo sea por los mismos motivos por los que probablemente esté equivocado: porque es novedoso, inesperado y cambia lo que creíamos hasta ese momento, lo que significa que debe de tratarse de un dato en solitario o de una información aislad que se contradice con una gran cantidad de pruebas experimentales preexistentes.

Cada día se producen un cúmulo tal de resultados de experimentos que arrojan conclusiones tan novedosas (si no fuera así, no aparecerían en los medios de masas) que probablemente la mayoría tienen defectos de forma y, a la larga, se concluirán como falsos o inexactos. De hecho, hay incluso un estudio al respecto que muestra cómo y por qué gran parte de estos estudios de investigación novedosos de resultados llamativos acaban siendo inútiles, llevado a cabo por John Ioannidis para PLoS Medicine. Otros ni siquiera necesitan el paso del tiempo: a los pocos segundos se revelan como sensacionalistas y falsos, como la relación que presuntamente existía entre el tamaño de los dedos y el pene y que ha sido analizado brillantemente en Amazings.

Pero todos corremos a anunciar estas noticias, porque es lo que quiere el lector, porque es lo que nos emociona a todos (y yo me incluyo). Y porque los que nos dedicamos a esto debemos llenar muchas páginas y, en ocasiones, se cuelan churras en vez de merinas (afortunadamente los lectores más exigentes siempre estarán ahí para apuntalar lo anunciado o incluso impugnarlo).

Pero el objetivo último de este artículo no es entonar el mea culpa ni tampoco criticar el trabajo de ningún profesional: que cada palo aguante su vela. Lo que aquí se diagnostica es el efecto secundario de presentar la ciencia como una serie de noticias sorprendentes que desdicen las publicadas hace apenas unos meses o que revolucionan alguna área del conocimiento, tal y como vuelve a señalar Ben Goldacre:

estas noticias sobre “avances trascendentales” promueven la idea de que la ciencia (y, en el fondo, toda la visión empírica del mundo) se reduce a una serie de datos poco fundados, novedosos y altamente controvertidos, y a una sucesión de avances espectaculares. Eso refuerza, a su vez, una de las imágenes paródicas centrales que los titulados en humanidades tienen de la ciencia: además de ser un irrelevante pasatiempo para “cerebritos”, la ciencia es provisional, variable, en constante proceso de revisión, como una moda pasajera. Los hallazgos científicos, según ese argumento, son, pues, perfectamente desechables.

Si bien es cierto que hay regiones enteras de ciencia que continuamente se reforman y están en proceso de avance, lo cierto es que una gran parte de la ciencia establecida probablemente ya no se modificará en el futuro. Por ejemplo, lo que descubrió Arquímedes al sumergirse en la bañera lleva dos milenios sin cambiar.

Subsanar estos defectos en la divulgación y popularización de la ciencia es harto difícil. Por un lado, los medios que se dirigen a grandes audiencias no soportan los artículos donde se matiza demasiado, donde se aporta bibliografía, donde se presenta la información con cautela, donde “la parte científica” es demasiado amplia o espesa. Y los medios donde no se incurre en esos “vicios” probablemente son seguidos por lectores fuertemente motivados por la ciencia y no por el público generalista. Equilibrar la balanza es ciertamente como avanzar por un fino hilo, cual funambulista. Si no recibes palos de unos, los recibirás de otros.

Con todo, tal vez resulta perentorio que incluso los medios más generalistas presenten no sólo las conclusiones de una investigación bajo un titular llamativo, sino también que se detalle cómo se hizo la investigación, qué factores fueron objeto de medición o qué se descubrió realmente. Así no tendríamos que fiarnos sin más de lo que se nos presenta. Y, hasta cierto punto, si ello implica ampliar el nivel de dificultad, quizá tampoco es tan arriesgado como creemos, como vuelve a señalar Goldacre:

Nadie reduce el nivel de dificultad de las páginas de economía. Yo apenas logro entender la mayor parte de las páginas de deportes. En el suplemente de literatura, se publican artículos ensayísticos de cinco páginas que me resultan del todo impenetrables, y en lo que cuantos más novelistas rusos aparezcan nombrados, más inteligente pensará todo el mundo que es el autor. Yo no me quejo de nada de eso: lo envidio.

Vía | Mala Ciencia de Ben Goldacre

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