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Los que vieron un átomo en el siglo XIX

Los que vieron un átomo en el siglo XIX
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En el siglo XIX, antes de que cualquier científico lo consiguiera, dos personas afirmaron haber visto un átomo. Eran Annie Besant y Charles Leadbeater.

Bessant tenía poco de científica: de hecho, era clarividente y activista en el movimiento religioso teosofista. Leadbeater, por su parte, era predicador anglicano.

Fue Leadbeater el que escribió un libro en 1909 titulado Química oculta, donde describía exhaustivamente y con gran precisión el aspecto de átomos individuales de diversos elementos que se le aparecieron al propio autor y, más tarde, a Besant. Al parecer, para ver estos átomos no emplearon un microscopio sino el “tercer ojo” de la clarividencia.

átomos
Las ilustraciones del átomos, a su vez, corrían a cargo de otro tipo que también era bastante extravagante: Curuppmullage Jinarajadasa, el joven compañero cingalés de Leadbeater, que asistía a las “sesiones espiritistas químicas” acompañado de un gatito blanco. Estas ilustraciones tenían un gran parecido a los organismos marinos especulares ilustrados por el biólogo alemán Ernst Haeckel, del que ya os había hablado en una ocasión.

Abunda en ello Hugh Aldersey-Williams en La tabla periódica:

Leadbeater y Besant pusieron en marcha su excéntrico proyecto atómico en 1895. Besant, recordando sus días de estudiante, afirmaba la importancia de la observación por encima de todo, y hacía gana de informar de manera neutra lo que afirmaban ver. Empezaron con un intento de observar con “una estructura demasiado compleja para describirla”. Leadbeater tuvo más suerte con el hidrógeno, que anunció que tenía un número de átomos menores “dispuestos según un plan definido”. Este, el más simple de los elementos, “se vio que consistía en seis pequeños cuerpos, contenidos dentro de una forma parecida a un huevo. Giraba con gran rapidez sobre su propio eje, vibrando al mismo tiempo, y los cuerpos internos efectuaban giros similares.” Se encontró que pesaba dieciocho anus, una unidad de medida inventada por los ocultistas, que la llamaron así por el nombre de la unidad indivisible que la materia en la metafísica jainista.

Obviamente, ninguno de los dos pudo ver átomos con el “tercer ojo”. Además, aunque se asociaron con científicos y registraran sus observaciones y medicas con enorme minuciosidad, incumplían una norma básica en la ciencia experimental: que alguien pudiera replicar sus resultados.

Michael McBride, un químico de la Universidad de Yale, consideró de nuevo los datos de la pareja y los sometió a un análisis estadístico. Encontró que la coincidencia entre sus cifras para los pesos atómicos relativos de los elementos y las que la ciencia acepta no era sólo estrecha, sino que era demasiado exacta para ser cierta: cualquier procedimiento experimental genuino hubiera producido una mayor dispersión de los datos. Sin embargo, McBride exonera a Leadbeater y Besant de fraude. Cree que, por el contrario, una ilusión colectiva los llevó a asociar sus valores “observados” con los establecidos.
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