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El culpable del crimen fue un fantasma y otras ideas sobre la sinrazón

El culpable del crimen fue un fantasma y otras ideas sobre la sinrazón
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¿Os imagináis que en un proceso judicial se imputara a un fantasma como responsable de un delito? ¿Que un ente del otro mundo fuera una coartada lícita? Esto no es el argumento de Cazafantasmas, sino algo que, hasta hace poco, era real.

En una fecha como 1691, el juez William Stoughton, importante legislador de la América colonial, se vio en esta tesitura al tener en cuenta espíritus malignos como prueba en un proceso judicial.

Salem

Stoughton presidía los juicios de Salem por brujería, en los que se encarceló a 150 personas y se ahorcó a 19. Todo ello por motivos sobrenaturales. En aquel tiempo, lo natural y lo sobrenatural estaban en un plano tan similar que incluso se presentaban por igual en un tribunal.

La admisión de pruebas espectrales pone de manifiesto cuánto hemos progresado a la hora de admitir una prueba como tal, qué peso tiene una prueba sobre otra, cuánta credibilidad debe tener un testigo ocular y un largo etcétera que se estudia en disciplinas tan complejas como la epistemología.

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Sin embargo, que en el día a día ya hemos asumido: casi nadie opina que todo vale, y que las afirmaciones extraordinarias exigen pruebas extraordinarias. Tal y como lo explica Kathryn Schulz en su libro En defensa del error:

Lo que vale para el ámbito legal vale también fuera de él. Aunque pocas veces pensamos en ellas de esta manera, las pruebas tienen una enorme relevancia en nuestra vida. Dependemos de ellas en la ciencia para expandir nuestra capacidad tecnológica y entender mejor el mundo. Dependemos de ellas en el periodismo para mantenernos bien informados y para responsabilizar a individuos e instituciones de sus actos. Dependemos de ellas en política para determinar qué leyes aprobar, qué políticas llevar a la práctica y en qué guerras combatir. Y dependemos de ellas en la medicina para mantenernos sanos y salvar la vida.

Pruebas, pruebas y más pruebas

Las pruebas y las exigencias alrededor de ellas, pues, no son cosa de científicos ortodoxos y ciegos a la sobrenaturalidad o la religiosidad. Las pruebas son importantes en todos los ámbitos de la vida. Incluso en creyente que asume la existencia de dioses sin requerir pruebas mínimamente poderosas para ello, no se conducirá de este modo a la hora de adquirir un coche de segunda mano: exigirá pruebas al vendedor de su buen funcionamiento. Pruebas en el sentido estricto, no meras opiniones.

Todos somos víctimas de este doble rasero o disonancia cognitiva: para algunas cosas somos exigentes con las pruebas, pero para otras no lo somos tanto. En el segundo grupo suelen estar las ideas que sintonizan con nuestras creencias y prejuicios.

Por ejemplo, si somos homófobos, no exigiremos, de promedio, tantas pruebas de que los homosexuales son malos padres. Quienes confían en la teoría de cuerdas, no exigirá tantas pruebas de su verismo. “Bienaventurados los que no vieron y creyeron”, dice Jesús a Tomás, en Juan 20, 29.

Afortunadamente, en la justicia se suele intentar acorralar las creencias y los prejuicios y pedir pruebas igualmente poderosas para todo. También en ciencia, la buena ciencia.

Dado que a las ideas que más nos competen y nos involucran emocionalmente somos más remisos a exigir pruebas convincentes, deberíamos aceptar este fallo de base y pedir, suplicar, que desde fuera nunca nos respeten ideas o creencias por el simple hecho de tenerlas. Eso, irónicamente, será la mayor muestra de respeto hacia nuestra persona.

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