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El botiquín de nuestra casa (I)

El botiquín de nuestra casa (I)
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Aquí empieza una nueva serie de artículos centrada en los elementos que podemos encontrar en cualquier botiquín que tengamos en casa: pastillas, tiritas, esparadrapo, agua oxigenada, laxantes, supositorios…

Pero antes de empezar, conviene explicar los orígenes del botiquín.

El hombre primitivo consideraba la enfermedad como un castigo divino, y la curación como una purificación. Así pues, medicina y creencias religiosas estuviera íntimamente ligadas durante siglos. Esta noción se encuentra en el origen de la palabra “farmacia”, que procede del griego pharmakon (purificación a través de la purga).

El primer catálogo de medicamentos lo escribió sobre el 3500 a. C. un médico sumerio cuyo nombre se ha perdido. En una tablilla de barro, y escritos en caracteres cuneiformes, se conservan los nombres de decenas de drogas para tratar dolencias que todavía hoy existen.

Por ejemplo: como desinfectante para heridas, vino agriado. Para hacer gárgaras, sal disuelta en agua. Para la fiebre, corteza de sauce pulverizada, que es el equivalente de la aspirina en la naturaleza.

Los egipcios ampliaron en botiquín, y el Papiro Ebers (1900 a.C.) revela, por ejemplo, que el estreñimiento era tratado con un laxante a base de vainas de sen molidas y aceite de ricino. Para la indigestión, una papilla de hojas de hierbabuena y carbonatos (hoy conocidos como antiácidos).

La era moderna de la farmacología empezó en el siglo XVI, precedida por los grandes descubrimientos de la química. Por la misma época, se produjo otro gran acontecimiento: la publicación en Alemania, en el 1546, de la primera farmacopea moderna, con una lista de centenares de drogas y productos químicos medicinales, y con instrucciones explícitas para su preparación.

Según veremos, muchos medicamentos corrientes surgieron por tanteo, porque los médicos aún no conocían la existencia de virus y bacterias, y creían que muchas enfermedades tenían causas imaginarias. Así pues, muchos de los últimos avances fueron fruto de la serendipia, de hallazgos accidentales.

En la próxima entrega de esta serie de artículos empezaremos con el primero.

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