Curar sin alucinar: descubren qué separa el efecto antidepresivo de la psilocibina de su efecto alucinógeno

  • Un estudio con ratones demuestra que el crecimiento de nuevas conexiones neuronales provocado por este principio activo puede producirse sin activar determinados comportamientos asociados a sus efectos alucinógenos

  • El hallazgo biológico abre nuevas vías para diseñar tratamientos contra la depresión que aprovechen la neuroplasticidad sin provocar necesariamente experiencias psicodélicas

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redaccion

Redacción Xataka Ciencia

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La psilocibina, el principio activo de determinados hongos alucinógenos, tiene una notable capacidad para estimular la formación de nuevas conexiones neuronales. Esa extraordinaria capacidad para modificar el cableado del cerebro se ha propuesto durante los últimos años como una vía prometedora para tratar la depresión, las adicciones y el trastorno de estrés postraumático. Sin embargo, la psiquiatría se enfrenta a un importante obstáculo clínico y logístico: los profundos efectos psicodélicos de la sustancia complican su aplicación y hacen necesarios protocolos de administración y supervisión especializados. Un nuevo estudio demuestra ahora en modelos animales que la reconfiguración física de los circuitos cerebrales y determinados comportamientos asociados a los efectos alucinógenos pueden depender de vías celulares distintas y separables.

El hallazgo, publicado a mediados de octubre de 2026 en la revista científica Nature Neuroscience, reconstruye cómo se remodela la arquitectura neuronal bajo los efectos de este compuesto natural. Un equipo de investigadores de la Universidad de California en Santa Cruz (UCSC) empleó microscopía de dos fotones de alta resolución, una técnica que permitió observar los cerebros de roedores vivos durante semanas para seguir el rastro a neuronas individuales. El objetivo central era medir la aparición de espinas dendríticas, unas diminutas protuberancias de las células nerviosas que participan en la formación de conexiones sinápticas con otras neuronas. Al administrar la sustancia, los investigadores documentaron un incremento significativo en la formación de nuevas espinas en apenas 24 horas.

El compuesto no solo acelera la creación de estas estructuras celulares, sino que también favorece su maduración física. Las espinas nuevas suelen comenzar como formas pequeñas e inestables que pueden desaparecer pronto; bajo el tratamiento con psilocibina, el equipo comprobó que algunas crecían rápidamente hasta adoptar una sólida forma de hongo, característica de estructuras sinápticas más maduras y estables.

Con todo, este mecanismo de albañilería neuronal no se limita a añadir cables al azar. Jacob Baker, autor principal de la investigación, destaca que el impacto real depende estrechamente del estado previo del cerebro. En los ratones sanos, el incremento de nuevas espinas fue temporal y se estabilizó durante las tres semanas siguientes, en un proceso acompañado por la eliminación de conexiones preexistentes. El contraste fue notable al examinar modelos de estrés crónico. En esos animales, sometidos a condiciones experimentales que provocan alteraciones neuronales asociadas al estrés, la psilocibina logró reducir la pérdida de conexiones y favoreció una mayor formación de nuevas estructuras. "Estos hallazgos desafían la visión predominante de que la sustancia simplemente aumenta la conectividad neural", explica Yi Zuo, profesora de biología celular de la UCSC y coautora, ofreciendo "una nueva perspectiva sobre cómo los psicodélicos pueden restaurar los circuitos".

El receptor que aísla el viaje psicodélico

El hito que abre nuevas posibilidades para el desarrollo de fármacos reside en la disección de los mecanismos causales. Durante años, la neurociencia y la psiquiatría han debatido hasta qué punto la experiencia psicodélica subjetiva resulta necesaria para obtener los beneficios terapéuticos posteriores. Para aislar la biología de los efectos conductuales, los investigadores manipularon genéticamente los receptores de serotonina 2A (5-HT2AR), las estructuras con las que interactúa la molécula, alterando su presencia en las grandes neuronas piramidales de la capa 5 de la corteza cerebral.

Como no se puede preguntar a los ratones qué sienten, su actividad psicodélica se estudia indirectamente mediante un comportamiento reflejo característico: la sacudida rápida de la cabeza (head-twitch response). El experimento genético del equipo californiano logró una disociación doble que ilumina el mapa celular del cerebro. Cuando eliminaron los receptores selectivamente en las neuronas de esa capa 5, los ratones continuaban mostrando sacudidas de cabeza, pero sus cerebros ya no respondían a la psilocibina formando nuevas espinas dendríticas. A la inversa, cuando restauraban los receptores 5-HT2A exclusivamente en dichas células, la red neuronal recuperaba su capacidad de remodelación sin que apareciera el comportamiento de sacudida de cabeza.

Esta precisa desconexión demuestra que la señalización molecular necesaria para desencadenar la remodelación sináptica en esas neuronas no es imprescindible para producir la respuesta conductual utilizada como indicador de actividad alucinógena. No significa que se hayan identificado todos los mecanismos de la experiencia psicodélica humana, pero sí proporciona una pista fundamental para investigar tratamientos capaces de aprovechar la neuroplasticidad sin provocar necesariamente los mismos efectos perceptivos.

La meta: el uso doméstico

Aislar la vía de la neuroplasticidad inaugura una interesante perspectiva en la ingeniería farmacológica, impulsando el diseño de los llamados psicoplastógenos no alucinogénicos. Si una molécula sintética consigue activar los mecanismos responsables de la remodelación neuronal sin desencadenar los efectos psicodélicos, podría cambiar considerablemente la forma de abordar determinados trastornos mentales. En teoría, permitiría desarrollar tratamientos más sencillos de administrar que las actuales terapias psicodélicas, aunque todavía queda por demostrar su eficacia y seguridad en ensayos clínicos.

Varias entidades de la industria biotecnológica exploran ya intensamente esa ventana. Empresas como Delix Therapeutics trabajan en el desarrollo de compuestos como el zalsupindole (DLX-001), diseñado para promover la plasticidad neuronal sin provocar los efectos alucinógenos tradicionales. Por otra parte, el tabernanthalog es otro compuesto experimental de esta familia, desarrollado a partir de la investigación sobre análogos de la ibogaína. Aunque estas alternativas químicas todavía necesitan demostrar su eficacia y seguridad en estudios clínicos más amplios, el trabajo del equipo de Jacob Baker ayuda a identificar las dianas biológicas que podrían orientar el desarrollo de futuros medicamentos.

La investigación preclínica constata, de momento, que el cerebro cuenta con mecanismos propios para modificar sus conexiones neuronales frente a determinadas alteraciones asociadas al estrés. Si bien la subjetividad y los traumas de las personas resultan infinitamente más complejos que los cambios observados en la corteza de un ratón, la reparación biológica estructural constituye una vía de investigación prometedora. El siguiente desafío será comprobar hasta qué punto estos mecanismos pueden aprovecharse para desarrollar tratamientos eficaces en seres humanos sin necesidad de atravesar temporalmente una experiencia psicodélica.

Foto | Generada con Google Gemini

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