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Otros hormigueros (y III): ciudad de Derinkuyu

Otros hormigueros (y III): ciudad de Derinkuyu
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En la zona de Capadocia, Anatolia Central, Turquía, existen innumerables ciudades subterráneas que hoy en día están deshabitadas, pero que su aspecto y proporciones exceden las fantasías de numerosas novelas de ciencia ficción. Un paisaje lunar que ha sido víctima de continuas invasiones a lo largo de la historia debido a que conectaba con diversas rutas comerciales. Es decir, quien controlaba Capadocia, controlaba también las rutas comerciales, teniendo así garantizado un porcentaje de todas las riquezas transportadas que pasaran por allí.

Sin embargo, bajo tierra es donde se esconden sus detalles más interesantes. La más impresionante de las 37 ciudades encontradas hasta el momento quizá sea la ciudad de Derinkuyu (pozo profundo, en turco), que se encuentra a 30 kilómetros en la región sur de Nevsehir. Tiene 80 metros de profundidad y ofrecía refugio frente a los invasores romanos, persas y mongoles para unas 100.000 personas.

A pesar de todo, hasta 1963 no se tenía ningún conocimiento de la existencia de este submundo. Porque el imperio otomano había estabilizado la región después del siglo XIV y las ciudades subterráneas que había servido de refugio para sus antepasados fueron selladas y olvidadas. Su descubrimiento no fue llevado a cabo por un arqueólogo aventurero de sombrero Fedora y látigo de circo, sino por un simple hombre que se proponía hacer unas reformas en su casa. Al derrumbar uno de los muros del sótano, se encontró de repente con una extraña habitación que llamó la atención de los investigadores.

Poco a poco fueron descubriendo que esta habitación llevaba a otra, y a otra, todas ellas conectadas por pasillos y más pasillos. Hasta encontrar así una ciudad subterránea que databa del siglo VII, aunque muchos arqueólogos estima que el primer nivel de la ciudad ya fue construido por los hititas alrededor del 1400 a. C., uno de los pueblos más avanzados del mundo antiguo. Así pues, estaban frente a una ciudad milenaria llena de habitáculos equipados para llevar a cabo las tareas que los habitantes de Capadocia acostumbraban a llevar a cabo sobre la superficie de la tierra. Es decir, que hallaron almacenes, bodegas, cisternas, prensas para el vino y el aceite, establos, cocinas, comedores, escuela y hasta una capilla cruciforme de 20 por 9 metros, con una altura de 3 metros, situada en el séptimo nivel. También se halló una chimenea de ventilación de 55 metros de profundidad, que también se empleaba como pozo de agua; aunque no era usado por todos los niveles para evitar un posible envenenamiento masivo perpetrado por parte de los enemigos.

Las zonas que debían estar más esterilizadas, como el hospital o los almacenes de comida, tenían las paredes cubiertas de cal, que evitaba que las blandas paredes desprendieran partículas de polvo. Muchos de los pasillos también estaban provistos de unos agujeros en el techo: era un ingenioso sistema de seguridad que consistía en esperar en un nivel superior a que el invasor pasara por allí para introducir una lanza por el agujero, que terminaba clavándose en la cabeza del incauto invasor. También poseían un rudimentario sistema de megafonía que se servía de conductos y del eco que estos generaban para mandar mensajes o alarmas desde una suerte de sala de mandos en el nivel inferior hasta los niveles superiores.

Además de todo ello, existía un pasillo mucho más largo que el resto, de 9 kilómetros, que conectaba Derinkuyu con una ciudad subterránea todavía más antigua e igualmente fascinante: Kaymakli. Bien, esto último sólo es una suposición, pues este largo pasillo permanece obstruido por el momento.

Actualmente, ya se han excavado un total de 10 a 12 niveles, lo que equivale a unos 40 metros de ciudad. Aunque se estima que la ciudad podría llegar a una profundidad de hasta 80 metros, quizá más. Las visitas turísticas (abiertas en 1965) sólo se permiten hasta los primeros 8 niveles, que están convenientemente iluminados con luz eléctrica, lo cual le arranca un poco del halo de misterio que en su día debería de tener la ciudad, sólo iluminada por antorchas. Aunque a muchos turistas no les importa porque han llegado hasta aquí bajo sugestión, fuertemente influidos por la lectura de La respuesta de los dioses, del suizo Erich von Däniken. Un amante de los misterios que mantiene la esperpéntica hipótesis de que estas ciudades subterráneas se construyeron hace miles de años para servir de refugio de alguna clase de guerra extraterrestre. Claro. Ahora se entiende mejor la razón de que von Däniken haya abierto un parque de atracciones del misterio en Suiza, al parecer sin demasiado éxito. Pero volvamos a la Capadocia.

El resto de niveles de Derinkuyu son áreas reservadas para la exploración arqueológica, decenas de pasillos interconectando diferentes zonas y niveles, zigzagueando, bifurcándose y retorciéndose hasta conseguir que el paseante nunca sepa dónde va a terminar. Sin embargo, la visita en pantalones cortos y cámara fotográfica en ristre os permitirá contemplar un universo lo suficientemente grande como para sobrecogeros. Además de que tendréis la oportunidad de examinar los sistemas de seguridad que usaban sus habitantes para aislarse del exterior en el caso de que los invasores trataran de acceder a los pasillos: portalones móviles en forma de discos de piedra de media tonelada de peso, medio metro de ancho y 1,5 metros de diámetro. Una oquedad en su cara interna era lo que permitía que el disco sólo pudiera se desplazado desde el interior de la ciudad. La alarma sonaba, desplazaban el disco y ya nadie podía penetrar a la ciudad desde el exterior.

Derinkuyu, gracias a sus fuentes y depósitos internos de comida, podía acomodar sin problema a 3.000 habitantes. Pero en casos extremos, se estima que estas ocultas dependencias podrían ser ocupadas hasta por 50.000 personas. Una ciudad subterránea que también era fortín militar, una versión antigua y desproporcionada de lo que hoy en día son los refugios antiaéreos. Imaginaos la situación: todo el mundo vivía en la superficie, de repente se avecinaba un ataque de invasores, y la población desaparecía bajo tierra en pocas horas, sin dejar ni rastro de presencia humana sobre la tierra, como si un demiurgo hubiera pulsado la tecla delete o supr de su ordenador cósmico.

La razón de que sea esta inhóspita región la que albergue megametrópolis subterráneas se debe, en gran parte, a lo particular de su suelo. Todo el paisaje se formó hace diez millones de años por la erupción de tres grandes volcanes. Las primeras erupciones crearon una capa de roca blanda llamada toba, y las posteriores crearon una más dura de basalto, un material denso que aislaba la toba inferior y retrasaba su erosión. Un terreno de blanda roca volcánica que luego resulta asombrosamente fácil de excavar y que, también, mantiene su integridad sin demasiadas dificultades una vez cavado el túnel. Así los habitantes de la Capadocia podían comportarse como hacendosas hormigas, agrandando ciudades sin descanso hasta crear todo un submundo que se estima que, globalmente, era capaz de dar cobijo a casi un millón y medio de personas.

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