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Si Charles Darwin levantara la cabeza...

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Cuando se completó en Proyecto Genoma Humano alrededor del año 2003 los científicos se dieron cuenta de muchos detalles sorprendentes, pero sobre todo uno que ni siquiera habían sospechado. Los genes característicamente humanos no constituyen más del 2% de todo nuestro ADN, incluido el código para generar las proteínas que necesitamos para vivir. Un 8% está compuesto de de fragmentos de retrovirus. Visto de esta manera, somos, genéticamente hablando, más virus que humanos.

Los retrovirus que causan cáncer o enfermedades como el SIDA no son muy eficientes evolutivamente hablando, ya que matan a sus hospedadores demasiado rápido, muriendo con ellos. Pero los hay que no son tan agresivos, que entran en la célula de manera desapercibida y así, cuando la célula se divide, hace una copia junto al virus. No obstante, cuando el individuo muera sus células dejarán de dividirse y el virus no podrá sobrevivir. Hay otros, sin embargo, que son capaces de introducirse en los espermatozoides o en los óvulos y estos sí pueden transmitirse de generación en generación al igual que puede transmitirse un gen para el color de los ojos o para el asma. Se les llama retrovirus endógenos, pues una vez que infectan el ADN de una especie pasan a formar parte de ella.

En 2009, los científicos descubrieron en los humanos cuatro segmentos de ADN de algo llamado bornavirus, que vienen infectando a los animales de pezuña desde tiempos inmemoriales. El nombre viene de una epidemia particularmente grave en 1885 en una unidad de caballería cerca de Borna, Alemania, en la que algunos de los caballos del ejército enloquecieron hasta el punto de aplastar sus propios cráneos. Pues bien, hace unos cuarenta millones de años algunos de estos bornavirus se introdujeron en nuestros antepasados simios, refugiándose en su ADN. Y es más: las pruebas de laboratorio demostraron que dos de nuestros segmentos de ADN de bornavirus funcionan como auténticos genes.

En 2006 un virólogo francés llamado Thierry Heidmann utilizó ADN humano para resucitar un virus extinto. Esto lo pudo hacer gracias a que el virus aparece al azar en lugares diferentes y pudo así reconstruirlo. Le bastó ver cuál era la letra de ADN más frecuente en cada posición. Bien, no era como en Parque Jurásico, pero sí lo fue en una placa de Petri. John Coffin afirmaba que traer algo desaparecido a la vida es aterrador, pues hay virus que pueden ser más peligrosos. Heidmann lo llamó Phoenix, por el mítico ave que resurge de sus cenizas.

Era un virus benigno, según Heidmann, pero cuando lo reconstruyó y lo inyectó en células de diversos mamíferos (gatos, cobayas y humanas) las infectó a todas. Otros científicos han reproducido este mismo trabajo con otros virus y han fundado una nueva disciplina llamada paleovirología.

Cabría preguntarse si hubiéramos sobrevivido como especie o hubiéramos evolucionado de forma diferente si esos virus no hubieran entrado en nuestro ADN. Uno de los científicos que estudian los genes humanos con origen en bornavirus afirmó: "la concepción que tenemos de nosotros mismos como especie está ligeramente equivocada".

Y esto no es realmente reciente. Ya en 1968 se rieron de Robin Weiss encontró virus endógenos en embriones de pollos sanos. Quiso publicarlo las revistas rechazaron la publicación y la comunidad de biólogos se rio de él. Lejos de desanimarse, se fue a la jungla Pahang en Malasia donde vivió con una tribu experta en cazar aves de selva roja, unos antecesores de las gallinas y pudo identificar en ellas los mismos rastros de los virus endógenos. Nosotros, de hecho, también tenemos miles de coincidencias en nuestro genoma de esos virus endógenos con los chimpancés.

Los antropólogos y los biólogos los han utilizado para investigar no sólo el linaje de los primates, sino las relaciones entre los animales (perros, chacales, lobos y zorros, por ejemplo) y también para probar si los organismos similares de hecho pueden no estar relacionados.

Robert Weiss es hoy profesor de oncología en el University College London. Como él mismo dijo:

Si Charles Darwin levantara la cabeza tal vez le sorprendería aprender que los humanos descendemos en igual medida de los virus que de los simios.

Fuentes: Sam Kean, El pulgar del violinista.

The New Yorker

Foto: wikipedia

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