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Vida de un bicho zombi que viaja por el espacio-tiempo

Vida de un bicho zombi que viaja por el espacio-tiempo
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Ser un bicho zombi que viaja en el tiempo, como si se montara en un Delorean, ya es de por sí una cosa rara. O más bien dos cosas raras extraordinarias: estás muerto y encima viajas en el tiempo. Pero hay un bicho que, a pesar de estas dos rarezas de partida, también acumula otras tantas.

El bicho en cuestión es el rotífero bdeloideo. Una criatura diminuta que vive en los charcos o se puede pegar fácilmente a la suela de tus zapatos.

Esta criatura es, además de estar desecarse y poder regresar a la vida, es asexuada: posiblemente llevan 40 millones de años sin aparearse. En la mayoría de especies los machos son escasos, de forma que la reproducción por partenogénesis es bastante común.

Incluso las bacterias de nuestro cuerpo se las arreglan para intercambiar ADN entre sí, pero los rotíferos reniegan de cualquier clase de sexo o intercambio biológico. A pesar de eso, se puede encontrar en casi cualquier parte del mundo y en gran cantidad.

Algunos se quedarán siempre desecados, pero otros volverán a la vida en cuanto encuentren un poco de agua. De esta forma puede viajar por el espacio sin que, para él, transcurra el tiempo. En un techo seco y alquitranado en un verano de sol ardiente, en que el alquitrán burbujea por la temperatura elevada, probablemente no encontraremos vida.

Pero si se toma un pequeño fragmento de espuma desecada de una mancha en la que la ultima lluvia dejo pequeños charcos ya desaparecidos y se coloca en agua dulce, pocos minutos después aparecerá un enjambre de estas criaturas.

800px Bdelloid

Tienen diversas formas, casi como caprichos dibujados por un niño pequeño. Jules Howard describe algunas de sus formas en su libro Sexo en la Tierra:

Algunos se muestran ágiles y zumban de aquí para allá como una peonza; otros permanecen quietos, con los cilios oscilando como la llama de una vela. Se arrastran, se comban como sanguijuelas, reptan como orugas y se dejan llevar por corrientes microscópicas, siguiendo rastros desconocidos. Algunos tienen forma de escudo, otros están acorazados y los hay incluso que parecen ornamentadas copas de vino.

Estos extraordinarios bichos fueron descubiertos por primera vez por John Harris en 1696, de quien se conservan dibujos fechados en 1703, a pesar de que el hallazgo suele atribuirse equivocadamente a Leeuwenhoek.

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