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Singularidades extraordinarias de animales ordinarios (XXXVIII): la paloma

Singularidades extraordinarias de animales ordinarios (XXXVIII): la paloma
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Las palomas ya forman parte de nuestra geografía urbanita. Una de las razones más poderosas para ello es la debilidad humana por las criaturas que nos parecen indefensas. ¿Quién no ha visto a un anciano lanzando pan seco a las palomas?

Algo parecido ocurre con los gatos callejeros, que además recurren a artimañas sonoras para estimular nuestra pena. Gatos callejeros que piden y piden hasta que los vecinos, misericordiosos, les entregan los restos de la cena, a sabiendas de que contribuyen a la superpoblación descontrolada de mininos y que, las noches subsiguientes, regresará el gato con más amigos a reclamar más comida so pena de formar una escandalera apocalíptica.

Sabiendo todo eso, la gente continúa tropezando en sus chantajes emocionales. Y es que hay gatos que casi parecen seres humanos a la hora de manifestar su hambre.

Pero de los gatos ya hablamos en otra ocasión, hoy tocan las palomas. Debido a la facilidad que les damos para que se alimenten, estimulamos su reproducción de manera alarmante. El resultado es que ya hay palomas que se reproducen sin descanso: algunas hembras ponen huevos 6 veces al año y en cada nidada tienen alrededor de 12 pichones.

El otro motivo por el cual las palomas se sienten tan a gusto en las ciudades se debe a los acantilados. La paloma bravía (Columbu livia) apareció en Australia por primera vez hace 25 millones de años, y aún hoy vive feliz en algunos acantilados marinos. ¿Qué tiene que ver eso con las ciudades? La respuesta son los edificios altos, que funcionan como acantilados artificiales para ellas.

Los daños que produce la superpoblación son considerables (y por ello los ayuntamientos se afanan en cazarlas y eliminarlas mientras, paralelamente, los ancianos se afanan en tirarles pan seco, en una especie de competición entre el control de natalidad y Sodoma y Gomorra).

Por ejemplo, los excrementos. Sólo en EEUU, los daños producidos por estas corrosivas deposiciones se calculan en 1.100 millones de dólares. A pesar del mito, no hay demasiadas pruebas que relacionen las palomas con enfermedades humanas. La peor enfermedad que nos puede transmitir una palmoa es la psitacosis o fiebre del loro, y en la ciudad de Nueva York, hogar de 100.000 palomas, se registra sólo un caso al año.

Pero dejemos de sacar a relucir sólo los aspectos negativos de las palomas y reflejos algunas de sus prodigiosas características.

La visión de sus ojos se aproxima a los 340 grados, y además tienen un enfoque dividido: la mitad superior ve a grandes distancias, y la inferior, detalles de primeros planos. Por eso mueven la cabeza de esa forma tan espasmódica y continua: como no pueden mover los ojos, desplazan la cabeza hacia delante cuando caminan para mantener la estabilidad y no perder el enfoque visual.

Cuando vuela, la paloma debe procesar la información visual 3 veces más rápido que el ojo humano. Por esa razón, jamás una paloma podría ser cinéfila: nosotros percibimos el movimiento de las películas con sólo 24 imágenes por segundo, pero ellas, al procesar las imágenes más deprisa, sólo percibiría una serie de instantáneas, como un pase de diapositivas. Las únicas películas que interesarían a las palomas, pues, serían las que estuvieran rodadas al menos a 75 imágenes por segundo. O sea, que sólo acudiría a los cines Imax y similares.

Ésta también es la razón de que parezca que muchas palomas sean suicidas. Seguro que todos los que sois conductores lo habéis notado: estáis circulando por una calle y, de repente, os topáis con una o varias palomas. Aunque no reduzcáis la marcha, las palomas parecen no inmutarse, como si les diera igual morir. Y, entonces, en el último segundo, zas, se apartan hábilmente. Ellas perciben el mundo como lo hacía Neo en Matrix, así que el coche les parece mucho más lento de lo que nos parece a nosotros.

Como curiosidad, la vista de las palomas también sabe apreciar el arte. Al menos saben distinguir entre las obras cubistas de Picasso de las impresionistas de Monet. E incluso saben cuándo las del impresionista están colocadas boca abajo.

Cuando vuelan muestran un grado de precisión que ya quisieran muchos pilotos humanos, y es que se sirven de una combinación de rastros de olor, la posición del sol, el campo magnético terrestre y, a medida que se aproximan a casa, de elementos familiares (como las carreteras).

La razón de que siempre veamos palomas adultas y no a pichones es que las palomas son padres modélicos. El macho y la hembra se turnan para incubar los huevos y cuidan de los pichones en el nido. Los pichones crecen muy rápido, y tal y como lo hacen, entonces abandonan el nido, con un aspecto muy parecido al de los adultos.

Según John Autrey, historiador natural del siglo XVII, el remedio tradicional contra la mordedura de una víbora consistía en aplicar “el ano de una paloma” a la herida para extraer el veneno.

Tal vez la paloma más famosa de la historia sea el palomo mensajero Cher Ami, que fue condecorado con la Croix de Guerre por su encomiable labor de entregar 12 mensajes de vital importancia al cuartel estadounidense en Francia durante la Primera Guerra Mundial.

Uno de estos mensajes salvó la vida de aproximadamente 200 hombres del Batallón 77, que se había extraviado durante la Batalla de Argonne, el 4 de octubre de 1918. Cher Ami, escamoteando a los tiradores alemanes y al pelotón de águilas entrenadas específicamente para cazarle, entregó las coordenadas al cuartel de Verdún a pesar de que un fragmento de bala había impactado en su pecho, dejándole ciego de un ojo.

Hoy está embalsamado junto a su medalla en el Museo Nacional de Historia Americana. El ejército británico llegó a tener en sus filas a 250.000 palomas, tan decisivas como los hombres para la victoria de los aliados.

Vía | El pequeño gran libro de la ignorancia (animal) de John Lloyd

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