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Singularidades extraordinarias de animales ordinarios (XXXIII): el loro

Singularidades extraordinarias de animales ordinarios (XXXIII): el loro
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El nombre de la que probablemente sea la mascota más popular de mundo (después de los gatos, los perros y los conejos) se usa despectivamente para describir a quien habla demasiado.

Y es que el rasgo más característico de los loros es el sonido que producen. Los loros producen gritos y graznidos agudos y discordantes, pero algunos de ellos pueden hablar, como ya descubrieron los romanos, que les enseñaban a decir “Ave César”.

Al principio, los loros habladores (importados de la India) costaban más que los esclavos humanos, pero finalmente llegaron a ser tan comunes que los romanos se cansaron de sus parloteos y optaron por comérselos.

Su capacidad para el habla es un misterio. En libertad, los loros no imitan nunca las llamadas de otros pájaros o animales. Pero en cautividad, copian fácilmente sonidos habituales (como puertas que se cierran o bocinas de coche), además del habla.

Los mejores loros habladores son los gris africanos (Psittacus erithacus). Uno adquirido por la doctora Irene Pepperberg en Chicago, en 1977, llegó a conocer 200 palabras y 50 frases. Todavía está vivo y sigue aprendiendo, pues su esperanza de vida puede llegar a ser de 80 años.

Gracias a esta esperanza de vida tan elevada, una vez se encontró un loro amazónico que era algo así como un vestigio arqueológico de una lengua muerta. El anciano loro conocía 40 palabras en ature, una lengua cuyos hablantes humanos habían desaparecido mucho tiempo atrás. El hallazgo fue en 1800 por parte de Alexander von Humboldt.

Pero los loros son algo más que parloteos incesantes. El color de sus plumas, por ejemplo, es asombroso: es el resultado de moléculas completamente distintas a las de cualquier otro color presente en la naturaleza.

El loro más pequeño que existe es el pigmeo, que sólo mide 7,5 centímetros. El más grande es el guacamayo jacinto o azul, que casi llega al metro de altura.

Sus picos son muy resistentes y se pueden cerrar con una fuerza de 160 kilos por 6,5 centímetros cuadrados.

Vía | El pequeño gran libro de la ignorancia (animal) de John Lloyd

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