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Singularidades extraordinarias de animales ordinarios (XV): el conejo

Singularidades extraordinarias de animales ordinarios (XV): el conejo
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Aunque es la tercera mascota más popular del mundo, aunque todos amamos a Bugs Bunny, el conejo es esencialmente un problema epidémico de proporciones cósmicas que está esquilmando Australia y que le cuesta a la agricultura británica 100 millones de libras anuales.

Y, por si esto fuera poco, el conejo come directamente de su ano.

-Los conejos no son roedores sino lagomorfos (“con forma de liebre”). Su rasgo característico es su velocidad de reproducción, casi vírica (de ahí lo de reproducirse como conejos): cuentan con un sistema de madrigueras comunitarias que albergan un gran número de hembras reproductoras. Una coneja puede parir 30 crías al año. Y todas son capaces de reproducirse a los 6 meses de nacer.

-Los conejos comen dos veces la misma comida. Bueno, esa es la forma eufemística de expresarlo. Lo que hacen los conejos es comerse sus propias heces. Y no se comen bolitas secas y fibrosas, como las que encontramos junto a sus madrigueras, sino el contenido de su intestino grueso (que parece racimos de uvas verdes y brillantes, y que están llenos de bacterias que generan nutrientes esenciales, sobre todo vitamina B).

-El mayor problema de reproducción sin control de conejos (que actúan como las plagas de langostas) lo tiene Australia, que todavía no sabe cómo solucionarlo. Todo empezó por culpa de un colono inglés llamad Thomas Austin, que liberó 24 conejos en su granja de Australia en 1859.

En sólo 10 años, había tantos conejos en Australia que ni siquiera una matanza selectiva de 2 millones de ejemplares hizo mella en la población.

En 1950 se introdujo el virus de la mixomatosis para acabar con ellos. Entonces ya existían 1.000 millones de conejos: la expansión más grande de mamíferos jamás registrada. Una octava parte de todos los mamíferos nativos australianos y un número incalculable de especies de plantas desaparecieron debido a la pérdida de sus hábitats (los conejos acabaron con la hierba y eso provocó la erosión del terreno).

Los conejos supervivientes de aquel virus se hicieron inmunes. De modo que, en 1995, se introdujo otro virus: la enfermedad hemorrágica del conejo. Pero tampoco funcionó y actualmente hay 100 millones de ejemplares, y siguen creciendo en número. Si queréis un análisis más exhaustivo (y divertido) del problema, os recomiendo la lectura de En las antípodas, de Bill Bryson.

Vía | El pequeño gran libro de la ignorancia (animal) de John Lloyd

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