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Los orígenes del marketing biológico

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No, no vamos a hablar de alguna campaña publicitaria orientada a los amantes de los productos biológicos. Vamos a hablar de la belleza. ¿Siempre existió la belleza entre los seres vivos? ¿Cuándo se originó? ¿Para qué?

Las respuestas a estas preguntas no son fáciles y continúan habiendo muchas lagunas. Pero una cosa puede estar más o menos clara: la belleza (tanto su aparición como la capacidad de los seres vivos para apreciarla y evaluarla) surgió justo en el instante en que apareció la reproducción sexuada y, más concretamente, la selección sexual.

Hace mil millones de años, antes de que muchos seres vivos necesitaran a otros para reproducirse, cuando los seres vivos más primitivos simplemente se dividían para multiplicarse (la división de las propias células daba lugar al nacimiento de nuevos cuerpos), el mundo era gris y mudo, como en una película antigua. Un mundo poblado por máquinas de supervivencia anodinas, cada una de ellas alojada dentro de su nicho ecológico.

Entonces no había colas de pavo real, ni ojos con irisaciones de nácar, ni cantos de pájaros interpretando sinfonías, ni danzas espasmódicas a lo Michael Jackson. Porque ningún individuo se bastaba a sí mismo para procrear. Necesitaba a otros. Y los otros también estaban reclamados por muchos otros. Y todo se convirtió entonces en un gran prix cuya meta era la obtención de una pareja que aportara sus propios cromosomas para emprender así un viaje en tándem hacia la eternidad genética.

Así nacieron los espectáculos de luz, sonido y aroma, para llamar la atención, para obtener una palmadita en la espalda, para atraer, seducir, fascinar a una posible pareja y también a posibles competidores, para decirles, “ey, aquí estoy yo”, cuidadito conmigo, lo mejor será que me respetes”. Más aún: la campaña publicitaria no siempre se orienta hacia la misma especie: las flores, por ejemplo, atraen con su color, aroma y néctar a los insectos encargados de polinizarlas. La fresa es un objeto sexual, en cierto modo, provocativa y apetitosa, desea ser ingerida para que sus semillas circulen por el mundo.

Nada de todo esto difiere demasiado del cantante ejecutando un sublime solo de guitarra. El pintor salpicando el lienzo a lo Pollock. O el ego del escritor desgañitándose y manchando con tinta cientos y cientos de páginas en blanco con historias tangencialmente (e inconscientemente) plagiadas de los que ya obtuvieron alguna clase de rédito en el pasado inmediato.

La competición como generador de belleza. Y cuanto más polígama sea una especie, más competición existirá, más bellos serán sus ornamentos, su canto, su danza y su escenificación. Una competición tan salvaje que, por ejemplo, durante la época de celo del gallo lira, sólo dos o tres machos copulan con el 90 por ciento de las hembras. Por eso existe el arte, la sofisticación incansablemente estética e inconsciente del verdadero motor: la competición sexual para alcanzar la eternidad genética.

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