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La extrema delicadeza de un árbol

La extrema delicadeza de un árbol
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A pesar de su aspecto, su inmensidad, la dureza de su tronco, la fortaleza de sus raíces, capaces de llegar lejos en busca de agua y nutrientes, los árboles son criaturas extremadamente delicadas.

Su vida se desarrolla en tres capas de tejido delgadas como el papel: el floema, el xilema y el cambium. Todas ellas están justo debajo de la corteza.

Tal y como lo describe Bill Bryson, con su especial gracia, en su libro Un paseo en el bosque:

Por más alto que crezca, un árbol no es más que unos pocos kilogramos de células vivas escasamente esparcidos entre las raíces y las hojas. Estas tres diligentes películas celulares se encargan de toda la ciencia y la ingeniería necesarias para mantener un árbol con vida, y la eficiencia con la que lo logran es uno de los grandes milagros de la vida.

A pesar de parecer criaturas estáticas y silenciosas, trabajan sin cesar. En un día caluroso, un árbol de grandes proporciones es capaz de extraer varios hectolitros de agua de las raíces hasta las hojas, a través de las cuales regresa a la atmósfera.

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Los árboles también fabrican lignina y celulosa, regulan el almacenamiento y producción de tanino, savia, goma, aceites y resinas, distribuyen minerales y nutrientes, transforman los almidones en azúcares para crecimientos futuros (y de ahí es de donde sale el jarabe de arce) y solo Dios sabe cuántas cosas más.

Habida cuenta de que estos procesos tienen lugar en unas capas tan finas, los árboles son vulnerables a los ataques de organismos invasores. Estos organismos son capaces de provocar una gran destrucción. Como el caso de la Endothia parasitica en el castaño americano, que penetra en el árbol, devora las células del cambium y acaba con él en poco tiempo.

Este hongo asiáticos, llegado probablemente con un cargamento de árboles o maderos infectados, destruyó miles de castaños de los Apalaches a principios del siglo XX. La tasa de mortalidad era del cien por cien porque las esporas se propagaban por el aire.

Afortunadamente, los árboles también cuentan con sus propios mecanismos de defensa:

El motivo por el que el árbol del caucho segrega látex cuando se le hace un corte es que así les dice a los insectos y otros organismos: “No está bueno. Aquí no hay nada para vosotros Fuera”. Los árboles pueden también plantar cara a criaturas destructoras como las orugas saturando sus hojas de tanino, lo que hace que estas sean menos apetitosas y anima a las orugas a buscar mejores manjares. Cuando un plaga es especialmente seria, algunos árboles son incluso capaces de comunicarlo. Ciertos tipos de roble segregan una sustancia química que avisa a otros robles próximos de que hay un peligro cerca. Los robles vecinos reaccionan entonces incrementando la producción de tanino para poder resistir mejor el ataque que se avecina.

En Xataka Ciencia | El hombre que empezó a plantar árboles en una isla y ya tiene un bosque mayor que Central Park

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