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Generación espontánea de seres vivos

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Sobre el origen de la vida todavía tenemos nuestras dudas, algunos flecos que se nos escapan de nuestro entendimiento. Algunos, sin embargo, llenan esas pequeñas lagunas de conocimiento recurriendo a constructos inverosímiles como el diseño inteligente o, peor aún, el creacionismo.

Hoy en día, la gente que sostiene estas especulaciones simplemente no ha leído lo suficiente. Pero años atrás, cuando la ciencia moderna aún no se había desarrollado, intelectuales sin mácula sostenían hipótesis aún más extravagantes.

Es el caso de Aristóteles. El filósofo no dudaba en admitir el surgimiento de la vida mediante la generación espontánea. Como el hecho de que una ballena o un perro sugiera de la nada era un poco difícil de digerir, Aristóteles limitaba la generación espontánea a bichitos de poca monta, pequeños y de poca relevancia, procedentes del agua, la arena y el barro. El sol o el calor, entonces, infundían vida a moléculas que antes eran inanimadas.

“Todo cuerpo seco que se vuelva húmedo o cualquier cuerpo húmedo que se seque produce animales”, decía uno de los filósofos que hoy se cita a menudo como autoridad intelectual incuestionable. Podemos leer éstas y otras afirmaciones ridículas en sus tratados Historia de los animales y De la generación de los animales.

Artistóteles también decía que muchos insectos “proceden del rocío que cae sobre las hojas”. Muy poético, sin duda, aunque cualquier escolar podría ya replicar las afirmaciones de Aristóteles sin despinarse (si antes deja un rato la Playstation, se entiende).

Mucho más tarde, a mediadios de 1500, Ambroise Paré, cirujano de los reyes de Francia, seguía creyendo en la generación espontánea de animales. Pero encima creía en la generación de animales grandes, como una rana que dice que se encontró en el interior de una roca sólida que tuvo que romper en su finca, próxima a Meudon. “Están engendrados por alguna sustancia húmeda de las piedras, cuya humedad putrefacta produce tales bestias”, sostenía.

100 años después, el naturalista P. Athanasius Kircher, jesuita, profesor en Roma, autor de Mundus subterraneus, era del mismo parecer que Paré. En su libro cita a una especie de insecto encontrado en una planta al cual considera engendrado por la pudrición de algunas ramas de la misma.

Jan Baptista Van Helmont, por aquella misma época, fue todavía más lejos. Se atrevió a prescribir que para producir ratas no era necesario que una rata macho y una rata hembra tuviera una noche loca, sino que se tomara una camisa de mujer, preferiblemente sucia, y se pusiera en una vasija de granos de trigo. Al transcurrir 21 días, que es el mismo tiempo de la gestación de la rata, Van Helmont aseguraba que los granos de trigo se habrían convertido en pequeños Mickey Mouse.

El tipo tenía recetas para toda clase de animales, como insectos o ranas; lástima que no tuviera también la receta para generar espontáneamente El origen de las especies de Charles Darwin.

Más información | Errores y fraudes de la ciencia y la técnica, de Pedro Voltes

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