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En sus marcas, listos, ¡ya!: la competición de espermatozoides

En sus marcas, listos, ¡ya!: la competición de espermatozoides
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Bienvenidos a una carrera de natación por la Autopista de Falopio. Atentos al pistoletazo seminal de salida. La carrera de millones de criaturas impulsadas por un inextricable proceso teleológico de Selección y el tsunami que forma el esperma. Todos en busca de un huevo gigantesco y mullido. Como una carrera de ratas. La carrera de la vida. Los espermatozoides menos atléticos desfallecerán a la altura del miometrio o del endometrio. Pero por el camino, existen muchos obstáculos que salvar. No todo depende de que el pelotón de cabeza esté bien entrenado.

Los trabajos llevados a cabo por los investigadores británicos Robin Baker y Mark A. Bellis sugieren que el orgasmo ofrece a las mujeres una forma de controlar el esperma masculino. Si hay orgasmo, se atrae más esperma. Si no lo hay, se repele en cierta medida. Si el orgasmo se produce bajo las circunstancias de una infidelidad, entonces, el orgasmo produce mayor cantidad de contracciones para atraer mayor caudal de esperma: ¿para qué, si no, se iba a correr el riego de mantener una relación extramarital? Algo así como el efecto de los desatascadotes en los desagües. El cuello uterino, literalmente, succiona.

Las implicaciones subyacentes de estos estudios, todavía no concluyentes, podrían explicar, por ejemplo, la razón de que los hombres anhelen excitar a las mujeres. No sólo habría un interés masculino por alcanzar una proeza sexual, sino la necesidad de que la mujer llegue genuinamente al orgasmo para que mayor cantidad de espermatozoides se abran paso por el cuello uterino. La selección natural habría favorecido entonces a aquellos hombres que tuvieran por objetivo complacer a sus parejas sexuales.

Curiosamente, en el sigo II d.C., Galeno ya expuso que era condición sine qua non que la mujer alcanzara el orgasmo para concebir. Pura chiripa, claro, pero se parece bastante a la idea que arrojan los estudios de Baker y Bellis.

Con tanta competición, quizá deberíamos relajar la tensión psicosocial de la forma en que lo hacen en las sociedades tradicionales de Suramérica, en la que se cree en la “paternidad compartida”. Ello consiste en fomentar la idea de que puede existir más de un padre biológico. Consideran que a mayor cantidad de eyaculaciones distintas, el niño nacerá más sano y robusto que si sólo recibe la eyaculación de un solo hombre. Las mujeres casadas, entonces, suelen mantener diversos amantes durante el embarazo; amantes que se comprometen más tarde a aportar al menos una fracción de recursos para criar al niño. En entrevistas a las mujeres aché de este de Paraguay, los antropólogos Hill y Hillard Kaplan descubrieron que cada uno de sus hijos tenía una media de 2,1 padres posibles. Incluso reconocen diferentes categorías de paternidad: una se refiere al hombre con el que la mujer está casada cuando el niño hace; la segunda, al hombre u hombres con los que la madre tuvo relaciones extramaritales poco antes o durante el embarazo; y la tercera, al hombre que ella cree que la inseminó.

Los niños barí de Venezuela y Colombia tienen un 80 por 100 de posibilidades de vivir más de catorce años si cuentan con dos o más padres. Aparentemente, los hombres no están celosos, pues también tienen la posibilidad de inseminar a más mujeres que quieran recibir ración extra de semen. Además, si el padre muere, el padre sabe que otros hombres tendrán la obligación residual de cuidar de su progenie, lo cual es una ventaja adaptativa muy suculenta.

Tal vez deberíamos evitar tanta competición estresante y aprender a colaborar más entre todos nosotros, aunque sea a nivel seminal. ¿Seríais capaces de compartir mujer a cambio de que los demás compartan la suya?

Mas información | Shoovong

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