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Cuando no te gusta el sexo, lo mejor es volar a otro sitio: la Bdelloidea

Cuando no te gusta el sexo, lo mejor es volar a otro sitio: la Bdelloidea
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La reproducción sexual resulta fundamental para la supervivencia de las especies. Intercambiar genes con otro sexo para tener descendencia permite crear individuos diferentes. Según la hipótesis conocida como Reina Roja, el sexo surgió como defensa de los organismos vivos ante la amenaza de los parásitos.

El nombre de la teoría procede del famoso episodio de Alicia en la Pais de las maravillas en el que la Reina Roja le explica a Alicia cómo ha de correr todo lo velozmente que pueda para permanecer en el mismo sitio. En biología se sabe que los parásitos están constantemente desarrollando nuevas formas de atacar a sus potenciales huéspedes, de manera que éstos han de evolucionar todo lo deprisa que puedan para evitar ser invadidos.

Las especies clónicas son muy vulnerables, por lo tanto, a la contaminación parasitaria. Lo adecuado, entonces, es mezclar genes con otra criatura para que nazcan seres desconocidos para los atacantes.

Pero esto no sucede con el rotífero Bdelloidea, que puede permitirse vivir completamente casto: ha sobrevivido así 80 millones de años. Se multiplican produciendo huevos que son clones genéticos de la madre, ya que no existen los machos. John Maynard Smith considera a esta especie como “un escándalo evolutivo”.

Los rotíferos Bdelloidea son unos animales acuáticos microscópicos que viven en estanques, ríos y zonas húmedas como suelos, musgos y líquenes. Fueron descubiertos por primera vez por John Harris en 1696, de quien se conservan dibujos fechados en 1703, a pesar de que el hallazgo suele atribuirse equivocadamente a Leeuwenhoek.

¿Cómo consiguen, entonces, sobrevivir a los parásitos y a las condiciones medioambientales cambiantes si siempre son iguales y jamás mezclan sus genes?

Chris Wilson, de la Universidad Cornell en Ithaca, cree haber hallado el secreto. Los rotíferos tienen una estrategia curiosa para combatir a sus parásitos sin tener que evolucionar: En cuanto descubren un patógeno peligroso, como un hongo mortal, estos invertebrados se secan completamente. Se vuelven tan áridos que los parásitos no pueden sobrevivir.

Luego se dejan transportar por el viento para librarse de ellos, en ocasiones a cientos de kilómetros, donde vuelven a mojarse como una esponja, libres de enemigos. Es decir, en vez de cambiar sus cuerpos cambian radicalmente el ambiente.

Esta estrategia ha permitido a estos pequeñísimos animales no sólo sobrevivir, sino proliferar en más de 450 especies.

Via | Omnia

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