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¿La comida sabe diferente en el espacio?

¿La comida sabe diferente en el espacio?
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Muchas de las comidas que se sirven en la Estación Espacial Internacional no tienen nada que envidiar a las de un restaurante típico: huevos revueltos, pollo en salsa, raviolis de ternera, brócoli gratinado, crema de espinacas, pudin de chocolate, tarta de albaricoque...

Sin embargo, ¿la comida sabe igual allá arriba que aquí abajo?

No hay convección

Para saborear un plato es tan importante la lengua como el olfato. En 2007, Malika Auvray y Charles Spence publicaron un artículo en el que señalaban que, si sentimos que algo tiene un olor fuerte mientras lo comemos, el cerebro tiende a interpretarlo como un sabor, en vez de como un olor, aunque cuando sea la nariz la que transmite esas señales.

Por esa razón, puede que algunos alimentos sepan diferente en un lugar como la Estación Espacial Internacional, tal y como explica el astronauta Tim Peake en su libro Por qué el espacio huele a barbacoa:

Esto se debe, en parte, a que en la ingravidez no se produce convección, es decir, el aire caliente no asciente y el frío no desciende. El aire en el interior de la estación espacial lo mueven ventiladores y (como sucede en un avión) se crea así un flujo artificial de techo a suelo que aleja los olores de nuestra nariz. Eso sí, en el espacio tenemos la solución perfecta para este contratiempo: ¡comer bocabajo!

Conida en la ISS Paquete de alimentos empleado en la Estación Espacial Internacional. Es curioso observar cómo se emplean imanes, muelles y velcro para poder retener la cubertería y que no flote peligrosamente por el espacio de la cabina.

El olfato también se ve afectado por otros dos factores: la ingravidez provoca que los fluidos corporales se desplacen hacia el pecho y la cabeza, lo que aumenta la presión intracraneal; por otro lado, en el aire flotan motas de polvo, porque el entorno de la estación espacial es polvoriento.

Estos dos factores pueden hacer que las paredes de la cavidad nasal se inflamen y se origine mucosidad, con lo que se atenúa el sentido del olfato. Algo así como lo que sienten las personas que están resfriadas cuando comen.

Por suerte nos permitieron subir a bordo unos cuantos condimentos para sazonar la comida. Teníamos sal y pimienta en una solución líquida (en grano se volarían y no serviría de nada) y aliños como salsa barbacoa, tabasco y el imprescindible kétchup para el sándwich de beicon. En in intento por mantener la ingesta de sal baja, yo solía añadir tabasco a mis platos para que no me resultaran tan insulsos.

No hace falta que vayamos al espacio, de hecho, para empezar a experimentar muchos de los problemas de los astronautas: basta con tomar un vuelo. el sentido del olfato cambia mucho debido a las condiciones higrotérmicas de la cabina (el grado de humedad es bajísimo, resecando la nariz: cuando la nave alcanza su altitud de crucero, a 11.000 metros de altitud, la humedad de la cabina se mantiene a niveles mínimos para reducir el riesgo de corrosión de fuselaje). Por ello suelen servirse platos especialmente especiados, a fin de despertar nuestro sentido del gusto. Y también es la razón de que el zumo de tomate tenga un sabor menos ácido que en tierra.

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