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El efecto Westermarck: no te acuestes con tu familia (y II)

El efecto Westermarck: no te acuestes con tu familia (y II)
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En la anterior entrega de este artículo nos preguntábamos si el efecto Westermarck tenía un origen genético y que éste hubiera sido favorecido por la selección natural porque el incesto es biológicamente nocivo. ¿Cuánto hay de cierto en ello?

La verdad es que todavía estamos lejos de una explicación completa de la evitación del incesto. La evitación del incesto reduce la endogamia y con ello aumenta la producción de hijos sanos, ello podría haber favorecido que el efecto Westermarck se extendiera por toda la población, desde una incidencia muy baja a una presencia muy extendida en sólo diez generaciones (al menos en la teoría de la genética de poblaciones).

Sin embargo, todavía no se han descubierto los genes que provocan dicho efecto. Tampoco cómo se produce el efecto psicológico entre las personas que se crían juntas: ¿ocurre durante el juego, al comer juntos, en los intercambios agresivos…? ¿Quizá es el simple aroma de la otra persona? ¿Algún estímulo visual?

Se añade más complicación al tema del incesto cuando entra en juego la poliédrica influencia cultural, los tabúes del incesto. Muchas sociedades son permisivas con los matrimonios entre primos hermanos, pero los prohíben entre los hermanos.

En sociedades primitivas, el incesto incluso se asociaba al canibalismo, al vampirismo o a la brujería. En sociedades contemporáneas ha estado siempre fuertemente castigado: en Escocia fue pecado capital hasta 1887. En EEUU, el incesto ha sido tratado como un delito mayor penable con multa, prisión o ambas cosas.

Pero hay excepciones. En algunas culturas, el incesto ha estado rodeado de rituales y limitado a la realeza, y en general han gozado de cierto grado de permisividad entre los incas, los hawaianos, los antiguos egipcios o los dahomeyanos de África Occidental.

Así pues, ¿qué relación existe entre el efecto Westermarck, que es biológico, y los tabúes del incesto, que son culturales?

Principalmente hay dos hipótesis. La primera es la de Westermarck: las personas evitan el incesto debido a una regla epigenética hereditaria de la naturaleza humana que se ha traducido en tabúes. La segunda es de Sigmund Freud: la sociedad se inventa tabúes para evitar la destrucción de los lazos familiares, pues la atracción entre miembros de la familia es fundamental e imperioso.

Freud odiaba la explicación de Westermarck. Básicamente porque si Westermarck tenía razón, entonces Freud estaba equivocado. Su complejo de Edipo, por ejemplo, se desmoronaría.

La evidencia actual se inclina favorablemente hacia Westermarck, y los seres humanos razonan de la siguiente forma, según el propio Westermarck:

Soy sexualmente indiferente hacia mis padres y hermanos. Pero, ocasionalmente, pienso cómo sería tener relaciones sexuales con ellos. ¡Tal pensamiento es repugnante! El incesto es forzado y antinatural. Alteraría o rompería otros lazos que he formado con ellos y que debo mantener diariamente para mi propio bienestar. El incesto por parte de otros, por extensión, repugna asimismo a mi mente, y es evidente que también a la de los demás, de modo que los raros casos en los que ocurre deben condenarse por inmorales.

Pero en los tabúes del incesto hay más cosas que el simple injerto de las convenciones culturales en la preferencia personal. También es posible que las personas observen directamente los efectos de la endogamia, que los niños deformes son producto muchas veces de las uniones incestuosas, tal y como ocurre entre los amerindios tlingit del noroeste del Pacífico o los lapones de Escandinavia, que incluso hablaban de “mala sangre” creado por el incesto.

Vía | Consilience de Edward O. Wilson

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