Nos sobra más tiempo que nunca o por qué el arte no se acaba aunque el autor no cobre ni un céntimo por él (I)

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Una de las ideas que más se repiten cuando se plantea la flexibilización o supresión de la propiedad intelectual, el cambio de modelo de negocio de la industria cultural o incluso que las copias de los contenidos sean gratuitas (de ello no se deriva que no se generen ingresos, por cierto), una de las ideas que más se repiten, entonces, es que el autor tiene derecho a percibir dinero por su obra.

Eso es falso: el autor tiene derecho a intentar generar dinero por lo que hace, pero no estamos obligados a pagarle, ni tampoco se establece legalmente cuánto. A mí me gustaría que me pagaran cada vez que alguien mira una pared que he pintado de azul cobalto, pero las cosas no funcionan así. Por otro lado, es legal copiar contenidos sin pagar por ellos, pues para eso existe el derecho de copia privada (otra cosa es que con la inminente Ley Lasalle se pueda derogar ese derecho, lo cual es demencial… como toda la Ley Lasalle en su conjunto: podéis leer más sobre este análisis en Ley Lasalle, la evolución de la Ley Sinde: no podrás guardar ni lo que grabas de la tele).

Otra idea que se repite en cualquier debate que aborde dichos temas es que el arte se va a extinguir o se precarizará porque los autores ya no hallarán incentivos para seguir creando, dado que la gente copiará sus obras y ganarán menos dinero vendiéndolas. Esta tesis, por ejemplo, se repite machaconamente en el libro de Robert Levine, Parásitos. Ya en su análisis traté de demostrar que tal idea no sólo es falsa sino que resulta tremendamente superficial.

En primer lugar, el incentivo económico no es, ni de largo, un incentivo suficiente para crear arte. La prueba más evidente de ello es que más del 90 % de los libros que se editan, por ejemplo, no son rentables. Y que la mayoría de artistas perciben un salario sensiblemente inferior al mínimo interprofesional. O directamente no ganan ni un céntimo. Pero la gente sigue creando. De hecho, actualmente hay más creadores que nunca, cuando parece que estamos viviendo la mayor crisis de piratería de la historia, cuando la crisis financiera está reduciendo el gasto en cultura.

En consecuencia, parecen existir incentivos muy poderosos para que la gente siga creando contenidos artísticos. Uno de ellos, naturalmente, es la aspiración a convertirse en un bestseller o, al menos, ingresar suficientes dividendos como para seguir adelante. Esta apuesta es estúpida porque las probabilidades de ganar son muy remotas: resultaría más efectivo jugar al Blackjack. Con todo, la gente puede ser estúpida igualmente, como lo es al adquirir boletos de la lotería a pesar de lo improbable del premio.

Pero hay otros incentivos muy poderosos en juego. Por ejemplo, la palmadita en la espalda, el afán de notoriedad, el incremento del estatus social o, en definitiva, el sexo. Podéis leer más sobre ello en ¿Los escritores sólo escriben a cambio de sexo? (I) y (II).

Otro incentivo es que la reputación y la visibilidad que reporta la creación de contenidos artísticos se puede monetizar de infinitos modos: desde impartir cursos de escritura creativa hasta polemizar en un debate de la televisión. También pueden contratarte para escribir en una revista, o como asesor en una editorial. Podéis leer más sobre todo ello en ¡Admiradme! ¡Queredme! ¡Dadme palmaditas en la espalda! La economía de la reputación y la atención.

Pero uno de los incentivos que menos se han tenido en cuenta hasta ahora es el tiempo libre, el excedente cognitivo y la necesidad de interaccionar con los demás. Hasta ahora no habíamos reparado en todo ello porque no existía Internet. Hasta ahora, de hecho, casi todo nuestro tiempo libre lo consumíamos en una actividad pasiva y gratuita que hacía ganar montones de dinero a los creadores de contenidos: la televisión.

Pero la televisión se está muriendo, el tiempo libre dedicado a la misma no deja de reducirse, sobre todo entre las nuevas generaciones. Y todo ese tiempo se está empleando en nuevas actividades que, directa o indirectamente, crean nuevos contenidos artísticos. Y casi siempre gratis (en el sentido más crematístico del término).

En la próxima entrega de este artículo analizaremos más en profundidad este nueva revolución que provocará más contenidos que nunca, y más profesionales que nunca (aunque no ganen ni un céntimo con ello).

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