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Penes para la buena suerte y otras supersticiones de la Antigua Roma

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Penes para la buena suerte y otras supersticiones de la Antigua Roma

Si bien en la Antigua Roma se construyeron los pilares de la medicina moderna, ésta aún estaba entreverada de mitos y supersticiones. Tanto es así que sorprende que eruditos de la época llegaran a creer aspectos tan extravagantes del mundo.

A continuación, algunas de las supersticiones más surrealistas que, desde la Antigua Roma, han llegado hasta nuestros días a través de diversos documentos.

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21 de diciembre de 2012: ¿mañana se acaba el mundo?

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21 de diciembre de 2012: ¿mañana se acaba el mundo?

Sí, amigos, mañana se acaba el mundo, mañana es 21 de diciembre de 2012, la presunta fecha maya que predice el fin de todo, el The End (para algunos, qué queréis os diga, casi es un descanso que todo se vaya al carajo). Pero ¿hasta qué punto debemos inquietarnos con la fecha de mañana? ¿Vale la pena poner el despertador? ¿Nos saltamos la dieta esta noche?

Como diría Mr. Scrooge, bah, paparruchas. No hay ni una sola evidencia científica de que el mundo vaya a acabarse mañana. Podéis leer el estupendo artículo de Luis Alfonso Gámez al respecto en su Magonia para conocer el modo de rebatir todos los tópicos que se lanzan al respecto: la Tierra está en su mediana edad, mañana no es tampoco el último día del calendario maya, los mayas no tenían poderes extraordinarios, el vincular el final de la Cuenta Larga con el fin del mundo es fruto de la fantasía de un escritor, no hay ningún planeta que se dirija contra la Tierra, el alineamiento entre el Sol, la Tierra y el centro de la galaxia no va a tener efectos catastróficos (sobre todo porque se produce cada año), no hay pistas de que el Sol vaya a desencadenar una tormenta solar sin precedentes…

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¿Por qué somos tan estúpidos?

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¿Por qué somos tan estúpidos?

Como explican admirablemente (y con su punto de enjundia) autores como el psicólogo Gary Marcus en Kluge o el neurólogo David Linden en El cerebro accidental, nuestro cerebro es una chapuza, un amontonamiento de parches que asombra no por su armonía sino porque parecen funcionar lo suficientemente bien como para mantenernos vivos. Y es que nuestro cerebro es propenso a las ilusiones visuales, auditivas y hasta cognitivas (que quedan en evidencia en las falacias que cometemos a diario: os recomiendo ¿Se creen que somos tontos? de Julian Baggini para descubrir algunas). Lo peor de todo, no obstante, es que ni siquiera somos conscientes de lo imperfecta que es nuestra manera de pensar y lo fácilmente que nos engañan los sentidos (o nos autoengañamos, verbigracia el efecto anclaje).

Somos racionales por los pelos. De hecho, la mayoría del tiempo, somos más estúpidos que racionales.

A todo ello sumemos que tendemos a invertarnos explicaciones para llenar nuestras lagunas de conocimiento, aunque esas explicaciones sean incoherentes, tal y como lo hicieron los seguidores de los cultos Cargo: estas tribus observaban aviones de la Segunda Guerra Mundial que aterrizaban llenos de regalos tecnológicos, pero, lejos de admitir que ignoraban lo que estaban presenciando, lejos de ponerse a estudiarlo sistemáticamente, se limitaban a seguir complejos rituales religiosos para que los aviones regresaran (vamos, que inventaron dioses, mitos, sombras que ocultaran sus propias sombras cognitivas).

Para mantener un poco (solo un poco) a raya nuestra estupidez de serie, hace muy poco tiempo (poquísimo, si lo ponemos en perspectiva con los miles de años que hace que corremos por este planeta), un grupo de personas articuló el método científico. Algo así como un juez que arbitra, cuestiona y censura las veleidades de nuestro cerebro propenso a los errores, a la opinión, al sé perfectamente lo que pasa, al se sienten, coño, y todo lo demás.

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¿Cuánta gente es supersticiosa? ¿Es eso malo? (y II)

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¿Cuánta gente es supersticiosa? ¿Es eso malo? (y II)

Por de pronto, si eres muy crédulo te venderán un coche de segunda mano hecho polvo a un precio desorbitado. O no llenarás suficientemente el tanque de un avión confiando en la intuición de un autodenominado experto en catástrofes aéreas. O te suicidarás pensando que el mundo se acaba, como sucedió con los seguidores de la Heaven´s Gate: nada menos que 35 integrantes del culto se suicidaron en 1997.

La superstición más inofensiva también puede matar, como publicó la British Medical Journal en 1993 sobre cómo el número 13 afecta a nuestra salud o la American Journal of Psychiatry en 2002 sobre cómo los accidentes de tráfico estaban relacionados con el viernes 13.

En el primero, se observó cómo los viernes 13 había un tráfico significativamente menor en sectores de la carretera M25 de Londres, comparado con los viernes 6, lo que sugiere que los conductores nerviosos prefieren quedarse en casa. Más tarde, en las dos fechas examinaron distintas clases de admisiones en los hospitales a causa de envenenamientos, heridas causadas por animales ponzoñosos, heridas autoinfligidas y accidentes relacionados con el transporte.

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¿Cuánta gente es supersticiosa? ¿Es eso malo? (I)

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¿Cuánta gente es supersticiosa? ¿Es eso malo? (I)

Adolf Hitler creía en los poderes mágicos del número 7. El príncipe Felipe de Inglaterra aparentemente golpea su casco de polo siete veces antes de empezar un partido. Martina Hingis, durante un partido, evita pisar las franjes laterales de la cancha entre un punto y otro. Incluso el premio Nobel de Física Niehls Bohr situó una herradura sobre la puerta de su casa.

La superstición es algo connatural al ser humano. Nuestro cerebro prefiere certezas a incertidumbres, de modo que no tarda demasiado en rellenar lagunas de ignorancia con supersticiones o mitos. A base de parches evolutivos, nuestros sentidos están concebidos para detectar e incluso exagerar determinados aspectos y rasgos característicos del mundo sensorial e ignorar otros. Pero no seguimos fiando de ellos como si fueran máquinas perfectamente equilibradas.

Una encuesta de Gallup del año 2000 reveló que el 53 % de los estadounidenses afirmaron ser un poco supersticiosos. El 25 %, bastante o muy supersticioso. Otro estudio de Epstein titulado “Cognitive-experimential sef theory: Implications for developmental psychology”, determinaba que el 72 % de las personas poseía al menos un amuleto de la buena suerte.

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Si hay crisis económica, aumenta la creencia en supersticiones

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Si hay crisis económica, aumenta la creencia en supersticiones

Los seres humanos somos criaturas supersticiosas por naturaleza. Sencillamente nuestro cerebro tiende a rellenar lagunas de ignorancia con mitos y rituales, porque no soporta la incertidumbre de no saber qué ocurre.

Y precisamente de eso trata este artículo: de incertidumbre.

Todos los acontecimientos que produzcan grandes dosis de incertidumbre, por tanto, deberán llevar acarreadas grandes dosis de mitos y rituales. Uno de los acontecimientos que más incertidumbre y falta de control produce en una sociedad moderna es la crisis económica: ¿qué pasará con nuestra hipoteca? ¿Llegaremos a final de mes? ¿Acabaremos viviendo bajo un puente? ¿Nuestros hijos podrán labrarse un futuro sin nuestro continuo apoyo?

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Calgary: el lugar más inestable del mundo

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Calgary: el lugar más inestable del mundo

Calgary posee el clima más inestable del mundo a lo largo del año. La ciudad de Calgary se encuentra en la provincia de Alberta, Canadá. Es la tercera ciudad de Canadá en términos de población: en 2008, su censo era de 1.042.892 habitantes. Es un destino muy popular para los deportes de invierno; en 1988 se convirtió en la primera ciudad canadiense en acoger los Juegos Olímpicos de Invierno. Según una encuesta realizada por la revista Forbes en 2007, Calgary también fue calificada como la ciudad más limpia.

Pero Calgary también guarda muchas sorpresas climatológicas. Imaginaos el siguiente escenario. Estáis paseando por Calgary en un día soleado, espléndido, casi podéis ir en manga corta, los pájaros cantan, la gente parece alegre y despreocupada, y de repente, sin previo aviso, la temperatura desciende bruscamente 15 grados.

Empiezáis a tiritar de frío, pero por suerte lleváis una chaqueta anudada a la cintura. Entonces empieza a llover torrencialmente y maldecís el instante en que os dejasteis el paraguas en casa. Pero antes de que llegueis a casa, todavía tendréis que lidiar con una tempestad de granizo. Como si fuerais el hombre del tiempo experimentando todo lo que predice a lo largo de un año, de manera secuencial, y en un solo día.

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10 razones para no perder el tiempo con las pseudociencias (y II)

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10 razones para no perder el tiempo con las pseudociencias (y II)

8 La pseudociencia acostumbra a ser relativista, es decir, se adscribe a la corriente intelectual caracterizada por el rechazo más o menos explícito de la tradición racionalistas de la Ilustración, mediante discursos teóricos desligados de cualquier comprobación empírica, y por un relativismo cognitivo y cultural que no considera la ciencia más que una “narración”, un “mito” o una construcción social.

Existen muchas corrientes diferentes: unos dependen de Derrida y Heidegger; otros más de Foucault; otros, de la sociología constructivista de la ciencia (Barnes, Bloor, Collins, Latour…); otros, del subgrupo feminista constructivista (Haraway, Harding, Keller…), etc.

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10 razones para no perder el tiempo con las pseudociencias (I)

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10 razones para no perder el tiempo con las pseudociencias (I)

1 Hay que tener en cuenta que las teorías confirmadas de las ciencias más veteranas están respaldadas por un entramado sólido de datos que proceden de fuentes diferentes: es infrecuente, pues, que se apoyen en un único “experimento crucial”.

Las pseudociencias suelen dar demasiada importancia a experimentos aislados.

2 Los datos acumulados de las ciencias tienden a imbricarse entre sí como si fueran las piezas de un rompecabezas. Es decir, los datos de la biología deben ser compatibles con los datos de la química, y la química, con la física. Muchos de los cambios en cualquiera de estos datos, pues, afectará al conjunto de todas las disciplinas o, con suerte, sólo se sucederán cambios locales.

Las pseudociencias, sin embargo, aceptan alegremente teorías, energías o terapias que chocan de frente con todo el esqueleto de conocimientos científicos acumulados sin explicar los cambios que ello supondría a todos los niveles.

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¿Existe la mala suerte?

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¿Existe la mala suerte?

El gafe, el mal fario, los malasombra, el lagarto, lagarto… lejos de que todo ello puede producir efectos inconscientes en la gente (si uno cree que hará algo mal tendrá más posibilidades de hacerlo mal, por ejemplo), ¿existe de algún modo?

¿La mala suerte se puede medir? ¿Puede influir en nuestra suerte que se nos cruce un gato negro o que pasemos por debajo de una escalera?

Algunos investigadores se han dedicado a comprobarlo, como Mark Levin, un estudiante universitario norteamericano y miembro de la Asociación de Escépticos de Nueva York. Levin reunió a un grupo de personas que debían comprobar su suerte con un simple juego de cara o cruz en un ordenador.

Pero Levin también hizo que a algunas de estas personas se les cruzara un gato negro. Al final, los resultados sugirieron que ver al gato negro no había tenido ningún efecto en la suerte de los participantes. Al menos en el juego de cara o cruz.

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