Como explican admirablemente (y con su punto de enjundia) autores como el psicólogo Gary Marcus en Kluge o el neurólogo David Linden en El cerebro accidental, nuestro cerebro es una chapuza, un amontonamiento de parches que asombra no por su armonía sino porque parecen funcionar lo suficientemente bien como para mantenernos vivos. Y es que nuestro cerebro es propenso a las ilusiones visuales, auditivas y hasta cognitivas (que quedan en evidencia en las falacias que cometemos a diario: os recomiendo ¿Se creen que somos tontos? de Julian Baggini para descubrir algunas). Lo peor de todo, no obstante, es que ni siquiera somos conscientes de lo imperfecta que es nuestra manera de pensar y lo fácilmente que nos engañan los sentidos (o nos autoengañamos, verbigracia el efecto anclaje).
Somos racionales por los pelos. De hecho, la mayoría del tiempo, somos más estúpidos que racionales.
A todo ello sumemos que tendemos a invertarnos explicaciones para llenar nuestras lagunas de conocimiento, aunque esas explicaciones sean incoherentes, tal y como lo hicieron los seguidores de los cultos Cargo: estas tribus observaban aviones de la Segunda Guerra Mundial que aterrizaban llenos de regalos tecnológicos, pero, lejos de admitir que ignoraban lo que estaban presenciando, lejos de ponerse a estudiarlo sistemáticamente, se limitaban a seguir complejos rituales religiosos para que los aviones regresaran (vamos, que inventaron dioses, mitos, sombras que ocultaran sus propias sombras cognitivas).
Para mantener un poco (solo un poco) a raya nuestra estupidez de serie, hace muy poco tiempo (poquísimo, si lo ponemos en perspectiva con los miles de años que hace que corremos por este planeta), un grupo de personas articuló el método científico. Algo así como un juez que arbitra, cuestiona y censura las veleidades de nuestro cerebro propenso a los errores, a la opinión, al sé perfectamente lo que pasa, al se sienten, coño, y todo lo demás.

Por de pronto, si eres muy crédulo te venderán un coche de segunda mano hecho polvo a un precio desorbitado. O no llenarás suficientemente el tanque de un avión confiando en la intuición de un autodenominado experto en catástrofes aéreas. O te suicidarás pensando que el mundo se acaba, como sucedió con los seguidores de la Heaven´s Gate: nada menos que 35 integrantes del culto se suicidaron en 1997.
Adolf Hitler creía en los poderes mágicos del número 7. El príncipe Felipe de Inglaterra aparentemente golpea su casco de polo siete veces antes de empezar un partido. Martina Hingis, durante un partido, evita pisar las franjes laterales de la cancha entre un punto y otro. Incluso el premio Nobel de Física Niehls Bohr situó una herradura sobre la puerta de su casa.
Los seres humanos somos criaturas supersticiosas por naturaleza. Sencillamente nuestro cerebro tiende a rellenar lagunas de ignorancia con mitos y rituales, porque no soporta la incertidumbre de no saber qué ocurre.
Calgary posee el clima más inestable del mundo a lo largo del año. La ciudad de Calgary se encuentra en la provincia de Alberta, Canadá. Es la tercera ciudad de Canadá en términos de población: en 2008, su censo era de 1.042.892 habitantes. Es un destino muy popular para los deportes de invierno; en 1988 se convirtió en la primera ciudad canadiense en acoger los Juegos Olímpicos de Invierno. Según una encuesta realizada por la revista Forbes en 2007, Calgary también fue calificada como la ciudad más limpia.
8 La pseudociencia acostumbra a ser relativista, es decir, se adscribe a la corriente intelectual caracterizada por el rechazo más o menos explícito de la tradición racionalistas de la Ilustración, mediante discursos teóricos desligados de cualquier comprobación empírica, y por un relativismo cognitivo y cultural que no considera la ciencia más que una “narración”, un “mito” o una construcción social.
1 Hay que tener en cuenta que las teorías confirmadas de las ciencias más veteranas están respaldadas por un entramado sólido de datos que proceden de fuentes diferentes: es infrecuente, pues, que se apoyen en un único “experimento crucial”.
El gafe, el mal fario, los malasombra, el lagarto, lagarto… lejos de que todo ello puede producir efectos inconscientes en la gente (si uno cree que hará algo mal tendrá más posibilidades de hacerlo mal, por ejemplo), ¿existe de algún modo?