Podemos afirmar categóricamente que hogaño sabemos mucho más acerca del placer que todos los intelectuales de antaño (o que los intelectuales que actualmente tienen voz pero que nunca se han molestado en profundizar en la neurociencia, que son mayoría).
Una prueba de ello es el libro presente: La brújula del placer, del profesor de Neurociencia en la Facultad de Medicina de la Universidad Johns Hopkins David J. Linden, una guía sucinta, sin grandes pretensiones, pero eficaz para no perdernos entre tanta palabrería altisonante sobre por qué nos gusta lo que nos gusta.
No en vano, el subtítulo del libro nos señala explícitamente lo que vamos a leer: Por qué los alimentos grasos, el orgasmo, el ejercicio, la marihuana, la generosidad, el alcohol, aprender y los juegos de azar nos sientan tan bien.
Y Linden responde a todo ello con lo último que sabemos sobre el cerebro, por esa razón nos ha inspirado para escribir artículos como: ¿Qué es lo que excita realmente a las mujeres? o Animales embriagados: los animales también usan las drogas.

Estamos ante un libro que se parece mucho (aunque sea inferior) a aquella pequeña maravilla que es
Se repite mucho lo de que una imagen vale más que mil palabras. Como toda sentencia aforística, está entreverada de matices: depende de la imagen, y también depende de las palabras que escojamos. Mil palabras muy bien escogidas pueden tener un impacto que difícilmente conseguirá una imagen. Pero hay imágenes que transmiten algo a lo que no tiene acceso la palabra.
Estamos en el siglo del cerebro. Ése gran desconocido. El cerebro siempre ha sido un órgano esquivo, pero empezamos a entender cómo funciona, lo cual puede abrirnos posibilidades inimaginables a medio plazo. Es posible que el siglo
La cuestiones morales de cualquier índole son tan peliagudas que permiten que dos personas inteligentes puedan pasarse la noche discutiendo sin llegar aparentemente a ninguna conclusión. Sin embargo, a poco que revises unos cuantos mamotretos sobre bioética te das cuenta de una verdad fundamental:
Steven Pinker se encuentra en el top10 de mis divulgadores favoritos. E incluso podría afirmar que se encuentra entre los 5 primeros si me pongo a rememorar lo que sentí al leer, años ha, su asombroso Cómo funciona la mente. Algo así como un reprogramador mental para entender mejor por qué somos como somos y hacemos lo que hacemos. No en vano, Pinker, neurocientífico cognitivo, fue nombrado como una de las 100 personas más influyentes por la revista Time en 2004 y entre los 100 intelectuales más destacados por la revista Foreign Policy.
La mejor forma de comprender cómo mejoraría nuestra vida al conocer y hasta anticipar la secreción de sustancias químicas específicas en nuestro cerebro es mediante el siguiente ejemplo.
El neurocientífico Antonio Damásio define la conciencia como “la sensación de lo que ocurre”. Otros, como Rodolfo Llinás, sostienen que la conciencia sólo es una propiedad de la materia que compone el cerebro, como la madera tiene la propiedad de arder fácilmente en contacto con el fuego: en ese sentido, una mesa y un cerebro serían más o menos la misma cosa, sentenciaría Llinás golpeando la mesa con el puño en una de sus clases en la universidad. 