La fuerza de un ácido se mide con la escala del pH: los números más bajos corresponden a los ácidos más fuertes. Así que si recordamos la sangre de los alienígenas con vocación de trituradoras de la película Alien, deberíamos concluir que es una sangre con un número realmente bajo.
Pero ¿existe algo parecido en la realidad?
Lo cierto es que existe. Y es peor. En el año 2005, un químico de Nueva Zelanda desarrolló un ácido basado en el boro que denominó carborano: tenía un pH de -18. Para que os hagáis una idea de lo que supone -18, el agua tiene un pH 7 y el ácido gástrico de nuestro estómago tiene un pH1. Cada vez que restamos una unida al número de un ácido, su fuerza se multiplica por 10.

Es bastante conocida la idea de que poner música clásica a los bebés y a los niños de menos de tres años puede incrementar la inteligencia de éstos. Es lo que se llama Efecto Mozart.
Al igual que el arco iris, las ondas sonoras forman un espectro de longitudes de onda. De la misma forma que nuestras sensaciones de color son las etiquetas que el cerebro asigna a las distintas longitudes de onda de la luz, las etiquetas internas equivalentes para los sonidos son los distintos tonos.
Cada vez tenemos más pruebas de que la música tiene tanta influencia en nuestro cerebro y nuestras emociones como una droga ilegal. Y, sin embargo, la música es legal.