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El botiquín de nuestra casa (XII): los estimulantes

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En mayor o menor medida, todos nosotros empleamos alguna clase de estimulante. En mi caso, por ejemplo, escribo estas líneas bajo los efectos de una taza de café bien cargada. Pero nos sorprendería descubrir desde cuándo los seres humanos emplean éste y otros estimulantes en su vida diaria.

Antes de 2737 a. C. se dice que el emperador chino Shen Nung ya había descubierto las propiedades estimulantes del té. En una nota en su diario médico, fechada en el año mencionado, Shen escribe que el té no sólo “sacia la sed” sino que también “reduce el deseo de dormir.”

Hoy en día la cafeína se usa de forma espectacular. No sólo se encuentra de manera natural en el café, el té y el chocolate sino que se agrega a muchos medicamentos vendidos sin receta. ¿Por qué se añade cafeína a tantos medicamentos?

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El botiquín de nuestra casa (XI): las lentillas de contacto

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A pesar de que las lentillas de contacto nos pueda parecer un invento muy reciente, lo cierto es que la primera persona que propuso un sistema de lentillas de contacto fue Leonardo da Vinci en su obra Código ocular, escrita en el siglo XVI.

Allí describe un método óptico para corregir la visión defectuosa situando el ojo junto a un tubo corto y lleno de agua, cerrado en un extremo por una lente plana. El agua entraba en contacto con el globo ocular y refractaba los rayos luminosos tal y como lo hace una lente curva.

El problema es que el ojo es demasiado sensible para entrar en contacto con una sustancia extraña. Aunque se pulieran extremadamente, las lentes de contacto de cristal seguían siendo demasiado ásperas.

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El botiquín de nuestra casa (IX): el bronceador

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La Segunda Guerra Mundial fue la causante de que se inventara el bronceador. Las tropas estacionadas en el Pacífico necesitaban cremas para la piel para protegerse del sol.

Antes de esto, en diversas sociedades occidentales se utilizaron cremas y ungüentos opacos, similares al moderno óxido de cinc, al igual que las sombrillas y los parasoles.

Luego también se puso de moda el broncearse, cuando anteriormente sólo se bronceaban los trabajadores en el campo. Durante los años 1930, a medida que los bañadores dejaban cada vez más piel al descubierto, se introdujo el riesgo de quemaduras. Sin embargo, los bañistas tomaban un poco el sol y luego se protegían bajo la sombrilla.

El bronceador, pues, no empezó a ser realmente necesario hasta que los soldados que trabajaban en las cubiertas de los portaviones y demás no podían protegerse en la sombra. Uno de los agentes más efectivos con los que se experimentó fue el llamado aceite de parafina rojo.

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El botiquín de nuestra casa (IV): Tiritas

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Las tiritas ya son un elemento imprescindible en cualquier botiquín. Hasta ya las venden customizadas con los dibujos de nuestros personajes favoritos. Pero ¿cuál es el origen de este invento aparentemente sencillo?

Como decíamos en el artículo anterior de esta serie sobre el botiquín de nuestra casa, el inventor del Listerine acudió a un Congreso Médico de Filadelfia celebrado en 1876 y quedó impresionado por la teoría de los gérmenes elaborada por sir Joseph Lister. No fue el único, por allí también estaba el farmacéutico Robert Johnson, que también salió conmocionado de la conferencia.

(Sí, Lister no sólo fue el inductor del Listerine, sino de las tiritas).

Junto a sus hermanos, Johnson fundó la compañía Johnson & Johnson a mediados de la década de 1880 que empezó a fabricar unas vendas de algodón y gasa, de gran tamaño, que podían ser enviados a cualquier hospital o al campo de batalla conservando tu esterilidad.

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El botiquín de nuestra casa (II): la vaselina

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La vaselina, esa gelatina traslúcida, tuvo innumerables usos en el pasado.

Por ejemplo, los pescadores untaban de vaselina sus anzuelos para atraer a las truchas. Las actrices de teatro se la aplicaban en las mejillas para simular lágrimas. Los nativos del Amazonas cocinaban con ella, la comían untada en pan e incluso usaban tarros de vaselina como moneda. Debido a que resiste la congelación, el explorador del Ártico Robert Peary la llevó consigo al Polo Norte para protegerse la piel de escoriaciones, y para preservar su equipo mecánico contra el óxido.

La vaselina fue inventada por Robert Augustus Chesebrough, un químico de Brooklyn que tuvo una vida muy longeva (96 años) que él atribuyó a que tomaba una cucharada de vaselina cada día.

En 1859, Chesebrough no buscaba un nuevo ungüento sino una manera de librarse de la quiebra. En una época en la que el queroseno era una fuente importante de energía doméstica e industrial, su negocio basado precisamente en este combustible, se veía amenazado por el petróleo, mucho más barato, procedente de los grandes hallazgos de Pennsylvania.

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El botiquín de nuestra casa (I)

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Aquí empieza una nueva serie de artículos centrada en los elementos que podemos encontrar en cualquier botiquín que tengamos en casa: pastillas, tiritas, esparadrapo, agua oxigenada, laxantes, supositorios…

Pero antes de empezar, conviene explicar los orígenes del botiquín.

El hombre primitivo consideraba la enfermedad como un castigo divino, y la curación como una purificación. Así pues, medicina y creencias religiosas estuviera íntimamente ligadas durante siglos. Esta noción se encuentra en el origen de la palabra “farmacia”, que procede del griego pharmakon (purificación a través de la purga).

El primer catálogo de medicamentos lo escribió sobre el 3500 a. C. un médico sumerio cuyo nombre se ha perdido. En una tablilla de barro, y escritos en caracteres cuneiformes, se conservan los nombres de decenas de drogas para tratar dolencias que todavía hoy existen.

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