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La cuestiones morales de cualquier índole son tan peliagudas que permiten que dos personas inteligentes puedan pasarse la noche discutiendo sin llegar aparentemente a ninguna conclusión. Sin embargo, a poco que revises unos cuantos mamotretos sobre bioética te das cuenta de una verdad fundamental:
La mayoría de cuestiones éticas se fundan en resolver dónde debemos trazar la línea. Es decir, si todos somos animales, ¿dónde trazamos la línea que nos diferencie entre unos y otros? ¿En los homínidos? ¿Sólo en las criaturas que nazcan de un vagina humana? ¿Sólo en las criaturas que alcancen determinado Cociente Intelectual?
Lo mismo sucede con el aborto: ¿qué diferencia sustancial hay entre eliminar un óvulo, un espermatozoide, un óvulo fecundado, un feto de seis semanas, un feto de seis meses y un bebé de dos años? Todo es cuestión de grados, de líneas, de convenciones (sobre el tema del aborto ya traté más extensamente en Una visión científica sobre el aborto (I), (II), (III) y (y IV)).
Sin embargo, hay dos modos de trazar una línea o de llegar a un acuerdo (sea éste definitivo o sólo temporal): hacerlo arbitrariamente, por hacerlo de alguna manera. O hacerlo con el máximo de información objetiva sobre el asunto.
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