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Aristóteles

¿Sigue teniendo la filosofía algún sentido en la era de la ciencia?

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La mayoría de la filosofía practicada a lo largo de la historia hoy puede considerarse, a la luz de los descubrimientos científicos, como puros cuentos chinos (algunos filósofos sólo han acertado por simple azar; aunque los que acertaban también se equivocaban en muchas cosas que decían, como podéis leer en el artículo Aristóteles era un ignorante (científicamente hablando)).

Cierto es que la mera elucubración puede funcionar como ejercicio mental nada desdeñable; pero ese ejercicio también puede obtenerse resolviendo pasatiempos.

Sin embargo, está naciendo una nueva estirpe de filósofos, como Daniel C. Dennet o Sam Harris, que simultáneamente disponen de una formación científica muy sólida en diversas materias.

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La razón de la organización decimal y otras alternativas para contar muchas cosas (I)

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¿De dónde surgió la necesitad de agrupar jerárquicamente los números según unas ciertas unidades? La base 10 nos resulta tan familiar que es difícil imaginar que puedan haber existido otras bases. Pero si existen otras, ¿cuáles son más efectivas?

Por razones prácticas, no es posible vivir teniendo únicamente un sistema de símbolos que tenga un nombre diferente o un objeto diferente que represente cada uno de los números. En algún momento de la historia, los seres humanos se enfrentaron al reto de ser capaces de representar y manipular cifras altas.

Así que, del mismo modo que las letras del alfabeto sirven para construir todas las palabras que necesitemos para describir la realidad con un mínimo de caracteres, debía adoptarse un conjunto mínimo de símbolos con el que todos los números pudiesen representarse para contar las cosas de esa realidad.

Nosotros usamos la base decimal. La idea de base 10 es bastante simple, lo cual nos indica que no tardó mucho en desarrollarse. Consiste en agrupar los números de modo que 10 unidades en un nivel correspondan a una unidad en un nivel superior en la jerarquía. Es decir: 10 “unos” corresponde a 1 “diez”, por ejemplo. Y así sucesivamente.

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La realidad es más real de lo que parece (y II)

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En el anterior post os hablaba de todos los estados que la materia podía adoptar. Ahora toca comprobar con cuántos sentidos contamos para verificar que la materia existe.

Fue Aristóteles (del que ya contamos sus errores científicos en un polémico post) uno de los primeros que mencionaron los 5 consabidos sentidos del ser humano. Pero, al igual que el filósofo andaba desencaminado al pensar que pensamos con el corazón, que las abejas surgen de los cuerpos putrefactos de los toros y que las moscas sólo tienen cuatro matas, también se equivocó en este punto.

Los seres humanos no tienen 5 sentidos, sino 9, como mínimo.

Además de los 5 conocidos, también contamos con:

-Termocepción: el sentido del calor o su ausencia en la piel.

-Equilibriocepción: el sentido del equilibrio. Está determinado por las cavidades llenas de líquido del oído interno. También se llamaba sistema vestibular.

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Aristóteles era un ignorante (científicamente hablando)

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Los siete sabios de Grecia son Tales de Mileto, Salón de Atenas, Chilón Lacedemonio, Brías de Priena, Pitaco de Mitilene, Cleóbulo de Lindio y Periandro de Corinto. La gente suele encumbrar la antigua cultura clásica (sobre todo citando a autores sin ton si son) porque siempre ha sido sinónimo de sabiduría, pero en realidad es bastante demodé.

Escojamos un autor del que ayer ya hablamos, Aristóteles, y desvelemos sus opiniones acerca de cuestiones científicas. Al poco descubriremos que el filósofo era, como los demás, un personaje atrapado en una conyuntura histórica y cultural. En su día, la repetición de sus opiniones por parte de los escolares provocó, por ejemplo, que durante siglos no se comprobaran sus afirmaciones.

Aristóteles aseguraba que nuestro cerebro no recibe sangre y es la parte más fría del cuerpo, destinada a refrigerar el resto. Quizá el cerebro de Aristóteles lo fuera.

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Generación espontánea de seres vivos

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Sobre el origen de la vida todavía tenemos nuestras dudas, algunos flecos que se nos escapan de nuestro entendimiento. Algunos, sin embargo, llenan esas pequeñas lagunas de conocimiento recurriendo a constructos inverosímiles como el diseño inteligente o, peor aún, el creacionismo.

Hoy en día, la gente que sostiene estas especulaciones simplemente no ha leído lo suficiente. Pero años atrás, cuando la ciencia moderna aún no se había desarrollado, intelectuales sin mácula sostenían hipótesis aún más extravagantes.

Es el caso de Aristóteles. El filósofo no dudaba en admitir el surgimiento de la vida mediante la generación espontánea. Como el hecho de que una ballena o un perro sugiera de la nada era un poco difícil de digerir, Aristóteles limitaba la generación espontánea a bichitos de poca monta, pequeños y de poca relevancia, procedentes del agua, la arena y el barro. El sol o el calor, entonces, infundían vida a moléculas que antes eran inanimadas.

“Todo cuerpo seco que se vuelva húmedo o cualquier cuerpo húmedo que se seque produce animales”, decía uno de los filósofos que hoy se cita a menudo como autoridad intelectual incuestionable. Podemos leer éstas y otras afirmaciones ridículas en sus tratados Historia de los animales y De la generación de los animales.

Artistóteles también decía que muchos insectos “proceden del rocío que cae sobre las hojas”. Muy poético, sin duda, aunque cualquier escolar podría ya replicar las afirmaciones de Aristóteles sin despinarse (si antes deja un rato la Playstation, se entiende).

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