¿Cuánta gente es supersticiosa? ¿Es eso malo? (y II)

¿Cuánta gente es supersticiosa? ¿Es eso malo? (y II)
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Por de pronto, si eres muy crédulo te venderán un coche de segunda mano hecho polvo a un precio desorbitado. O no llenarás suficientemente el tanque de un avión confiando en la intuición de un autodenominado experto en catástrofes aéreas. O te suicidarás pensando que el mundo se acaba, como sucedió con los seguidores de la Heaven´s Gate: nada menos que 35 integrantes del culto se suicidaron en 1997.

La superstición más inofensiva también puede matar, como publicó la British Medical Journal en 1993 sobre cómo el número 13 afecta a nuestra salud o la American Journal of Psychiatry en 2002 sobre cómo los accidentes de tráfico estaban relacionados con el viernes 13.

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En el primero, se observó cómo los viernes 13 había un tráfico significativamente menor en sectores de la carretera M25 de Londres, comparado con los viernes 6, lo que sugiere que los conductores nerviosos prefieren quedarse en casa. Más tarde, en las dos fechas examinaron distintas clases de admisiones en los hospitales a causa de envenenamientos, heridas causadas por animales ponzoñosos, heridas autoinfligidas y accidentes relacionados con el transporte.

De todos éstos, sólo el grupo de accidentes de tráfico mostró un efecto significativo con más hechos en viernes 13 que en viernes 6. El efecto está lejos de ser trivial, ya que el incremento de ese fatídico día es del 52 por ciento.

El otro estudio fue realizado por el investigador finalandés Simo Näyhä, que examinó registros similares de toda Finlandia entre 1971 y 1997.

Durante ese lapso de tiempo hubo 324 viernes 13 y 1.339 viernes de control. Los resultados respaldaron la investigación anterior, especialmente con las mujeres. De las muertes de hombres, sólo el 5 por ciento pudo ser atribuido al día ominoso, mientras que para las mujeres la cifra fue un asombroso 38 por ciento. Ambos equipos de investigadores atribuyen el aumento de las tasas de accidentes a los conductores que se siente especialmente nerviosos en el menos auspicioso de los días de mala suerte. El mensaje es claro: la superstición mata.

Y no hace mirar el pasado remoto ni bucear en aborígenes perdidos en la selva. En las sociedades modernas se siguen sacrificando a personas a causa de las supersticiones.

Debido, por ejemplo, a las creencias supersticiosas japonesas sobre el horóscopo y dado que el último año del Caballo de Fuego ocurrió en 1966, un signo muy positivo, en el año 1966 hubo una disminución del 25 % de la natalidad de Japón (medio millón de bebés) y un aumento de más de 20.000 abortos inducidos, según el investigador japonés Kanae Kaku.

Posteriormente Kaku descubrió que el efecto no estuvo limitado a Japón, al encontrar disminuciones similares en las tasas de natalidad en las comunidades japonesas residentes en California y Hawai. Impulsado por la curiosidad, Kaku indagó más profundamente en los datos y descubrió algo aún más notable. Según la leyenda, las mujeres nacidas durante el año del Caballo de Fuego tendrían vidas especialmente desafortunadas y desdichadas. En 1966 no existía un método sencillo para determinar el sexo de un niño antes de su nacimiento, por lo que la única forma de asegurarse una escasez de nacimientos de niñas sería el infanticidio.

Las tasas de motarlidad neonatal debidas a accidentes, envenenamiento y causas externas de violencia entre 1961 y 1967 no dejan lugar a dudas. En 1966, la tasa de mortalidad de niñas recién nacidas, pero no de varones, fue significativamente mayor que para los años previos y posteriores.

Estos patrones llevaron a Kaku a la conclusión de que las niñas japonesas estaban siendo “sacrificadas por una superstición popular” durante el año del Caballo de Fuego.

Las supersticiones matan, y además, de forma más sutil, ablandan el cerebro, es decir, nuestra capacidad crítica para otros aspectos de la vida diaria que la requieren: como escoger un partido político o decidir posicionarse sobre si un país debería invadir militarmente a otro.

Para realizar juicios equitativos, tal y como señala Robin Dunbar, hay que evitar convertirse en un mero creyente. Los problemas más complejos acostumbran a surgir cuando la gente ha creído de forma tan apasionada en una proposición particular (dogmática, indiscutiblemente), que también ha deseado llevar hasta la muerte a aquellos con quienes estaban en desacuerdo. Pensar por nuestra cuenta es difícil, someterse mansamente, acríticamente a las doctrinas de otros, no.

Vía | Rarología de Richard Wiseman

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