¿Cómo empieza paso a paso una moda o tendencia social? (I)

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Hay un hecho cotidiano que, a los 10 años, me sumió en el desconcierto. Era un fenómeno que ocurría en mi colegio, y que solía manifestarse en el recreo. Y consistía en que de repente, sin previo aviso, un buen puñado de compañeros de clase se traía un yoyó y jugaba con él, cuando el yoyó ya estaba pasado de moda y era un artilugio casi matusalénico.

Los dos discos de madera unidos por una liana nacieron en China hace tres mil años, y se usaban como arma de guerra, no con fines lúdicos. En la Europa del siglo XVI, importado desde Filipinas, se usaba para cazar animales: se lanzaba a distancia y se trababa entre las piernas de las piezas de caza. Sólo a partir del siglo XVIII el yoyó empezó a considerarse un juego.

Y allí estaba, en mi colegio, a finales del siglo XX.

Al cabo de dos semanas de aparecer de nuevo el yoyó, prácticamente todos mis compañeros de clase tenían yoyó. Y no sólo eso, sino que algunos se especializaban en ejecutar toda clase de maniobras con ellos. Como si el yoyó fuera el divertimento más cool del momento. Incluso yo, que siempre he sido un poco refractario a las tendencias, acababa en algún quiosco cercano preguntando por el yoyó.

En las tiendas de la zona los yoyós volaban. Algunas ya no tenían existencias. Otras se veían en la obligación de hacer grandes pedidos. Porque, súbitamente, todos los niños querían un yoyó. Transcurridos algunos meses, sin embargo, la gente dejaba de traer yoyós a clase. El yoyó desaparecía, y con él toda su mitología. Y no volvía a reaparecer hasta al cabo de unos años.

Ya entonces me preguntaba quién era el inductor de aquella moda. Otras modas, como canciones o actores de cine con los que forrábamos las carpetas, las comprendía mejor: eran producto de los anuncios de la tele, de la radio, etc. Pero aquellos yoyós no habían sido anunciados por nadie. La moda afloraba espontáneamente.

Con los años he formado mis propias teorías personales. Tal vez el padre de uno de mis compañeros de clase quiso enseñarle a su hijo cómo pasaba él el tiempo a su edad. Tras seducirle con su técnica con el yoyo, tal vez el hijo se comprara uno y llegara a clase con él, y entonces sedujera a otros amigos para que hicieran lo propio.

Pero todo ello era una teoría que no podía demostrar. Por lo que a mí concernía, el desencadenante de la moda del yoyó era invisible y, además, actuaba tan rápido que conseguía infectar a toda clase en pocos días.

En esta serie de artículos voy a explicaros al fin qué sutiles engranajes se ponen en funcionamiento para que una moda o tendencia nazca y se reproduzca inadvertidamente en un grupo social, sin participación de grandes campañas de marketing.

Vayamos a ello.

Según Connie Willis en su divertida novela Oveja mansa, en la que un grupo de científicos tratan de desentrañar el misterio de las modas:

Es casi imposible señalar el comienzo de una moda. Para cuando empieza a reconocerse como tal, sus orígenes se pierden en el pasado, y tratar de localizarlos es exponencialmente más difícil que, pongamos por caso, buscar las fuentes del Nilo. En primer lugar, probablemente haya más de una fuente. En segundo lugar, estás tratando con la conducta humana; Speke y Burton sólo tuvieron que enfrentarse a cocodrilos, rápidos y la mosca tsetsé. En tercer lugar, sabemos algunas cosas sobre los ríos (por ejemplo, que fluyen cuesta abajo), pero las modas parecen brotar creciditas de la nada y sin ningún motivo apartente. Vean si no el caso del “puenting”. O el de las lámparas de Java.

Aunque Willis despliega un ingenio sin igual, lo cierto es que la psicología sí ha logrado dar con algunos factores que pueden, hasta cierto punto, medirse y localizarse, y por tanto arrojar luz a uno de los fenómenos sociales más misteriosos de las sociedades humanas: el hecho de que todos hagamos lo mismo sin saber quién es el condenado que nos lo contagió.

En la siguiente entrega de este artículo analizaremos algunas de las modas más sonadas y las tres clases de personas que inducen las modas y las propagan, y, por supuesto, cómo lo hacen.

Vía | Oveja Mansa de Connie Willis

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