‘El cerebro moral’ de Patricia S. Churchland

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Las cárceles estadounidenses apenas tienen representación atea. En Japón, uno de los países con la tasa de criminalidad más baja, sólo una minoría de sus ciudadanos declara creer en Dios. Las disensiones entre las distintas religiones son una de las causas principales de los conflictos entre países.

El cínico físico Steven Weinberg expresa de esta forma su parecer sobre los códigos morales que inculca la religión: “Con o sin religión, la gente buena hará el bien y la gente mala hará el mal, pero para que la gente buena haga el mal hace falta la religión”.

De eso trata El cerebro moral de Patricia S. Churchland, en parte. De que nuestro cerebro es moral per se.

En el primer capítulo, se trata el trasfondo de las restricciones evolutivas en la conducta social y moral. El tercer capítulo se adentra en la evolución del cerebro de los mamíferos y el modo en que éste favorece el cuidado y la atención a los demás, analizando el papel que desempeñan en ello hormonas como la oxitocina. En el capítulo cuatro, la autora se centra en el tema de la cooperación, especialmente la cooperación humana, y analiza los datos sobre la importancia de la oxitocina en la cooperación y la confianza. El quinto capítulo aborda el tema de los genes, adoptando, eso sí, un tema prudente. El sexto capítulo trata de la importancia social de la capacidad para atribuir estados mentales, así como la posible base cerebral para una capacidad de este tipo. En el capítulo siete, el tema de las normas y del papel que adoptan las leyes en la conducta moral lleva la discusión a un formato filosófico más tradicional. La religión y su relación con la moralidad son cuestiones que se tratan en el capítulo final de conclusiones.

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