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Todo lo que podemos encontrar en el jardín de casa: mucho, aún, desconocido por la ciencia

Todo lo que podemos encontrar en el jardín de casa: mucho, aún, desconocido por la ciencia
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Solo en Inglaterra y Gales, los jardines urbanos cubren unas 433.000 hectáreas. Aunque no lo creamos, ello supone una gran oportunidad para explorar la biodiversidad de la Tierra.

Por ello, entre el año 2000 y el 2007, el proyecto Biodiversidad en los jardines Urbanos de Sheffield (BUGS, por sus siglas en inglés, es decir, BICHOS), trataron de registrar todas las especies animales y vegetales que pudieran.

Tal y como señala John Lloyd en su libro El nuevo pequeño gran libro de la ignorancia:

Los jardines domésticos suponen un 23 % del área urbana de Sheffield e incluyen 25.000 estanques, 45.000 cajas para nidos, 50.000 montones de abono y 360.000 árboles. El profesor Kevin Gaston, investigador jefe del proyecto BUGS, afirmó que todo ello suponía “175.000 oportunidades de conservación independientes”. Uno de los descubrimientos del proyecto fue lo que podría ser una nueva especie de liquen diminuto, hallado en el musgo de un camino asfaltado normal y corriente.

Por ello, una investigación de la Open University y la University Collage de Londres centrada en el estudio de los caracoles de tierra, Cepaea nemoralis, necesita refuerzos: cualquiera que quiera convertirse en científico por unos días. El estudio ha sido bautizado como Evolution Megalab y puede llevarse a cabo por la gente de a pie por cualquiera en jardines privados, bosques o parques públicos. Los datos enviados serán cruzados con los que ya atesoran estos institutos ingleses a fin de dilucidar cual está siendo el desarrollo de este tipo de fauna.

Imaginad un simple tarro de tierra. De promedio, puede haber diez mil millones de bacterias, casi todas desconocidas por la ciencia, casi un millón de levaduras; cientos de miles de hongos o mohos; y unos diez mil protozoos. Sin contar los nematelmintos, los platelmintos, los rotíferos y otras criaturas microscópicas, conocidas colectivamente como criptozoos.

Y es que, en palabras del naturalista del siglo XVIII Gilbert White, “tanto en zoología como en botánica, la naturaleza está tan llena que cuanto más se estudia, más variedad genera>>. Paul Davies, astrobiólogo de la Universidad Estatal de Arizona, es más taxativo respecto a las nuevas formas de vida desconocida: “Podríamos tenerla frente a nuestras narices… o en nuestras narices.”

Eso sí, el césped de los jardines no es precisamente muy natural e idílico: sólo en Estados Unidos, el césped cubre más superficie que cualquier cultivo a nivel individual, nada menos que 130.000 kilómetros cuadrados. El césped, lo que anhela, tal y como cualquier otra hierba salvaje en la naturaleza, es crecer hasta una altura de más o menos medio metro, florecer, volverse marrón y morir.

Pero, tal y como señala Bill Bryson en su libro En casa:

Mantenerla corta, verde y creciendo continuamente significa manipularla de un modo bastante brutal y verterle muchas cosas encima. En el oeste de Estados Unidos, cerca del 60 % de toda el agua que sale de los grifos se destina a regar céspedes. Peor aúne s la cantidad de herbicidas y pesticidas (32.000 toneladas anuales) con la que se impregnan los céspedes.
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