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Los primeros autómatas de la historia

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Los primeros autómatas de la historia

En el siglo VIII a. de C., Homero, en su célebre Ilíada, ya describe a servientes mecánicos dotados de inteligencia construidos por Hefesto, el dios de la metalurgia. Entre el 400-350 a. de C., Archytas de Tarentum contruyó un pájaro automático. Entre 262-190 a. de C., Apolonio de Perga inventó una serie de autómatas musicales impulsados por agua. Ctesibio también construyó autómatas musicales, cuya sonido lo creaba el paso del aire a través de diversos tubos.

Y es que el término robot, que significa esclavo, viene que ni pintado: la sociedad griega despreciaba el trabajo, que era propio de esclavos, como explícabamos aquí.

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El autómata escritor

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El autómata escritor

Hay muchos autores que parece poner el modo zombi cuando escriben. Hay muchos autores que no tienen sangre en las venas y se limita a consignar notarialmente cualquier suceso, que a su vez termina como una papilla fácilmente digerible por el lector. Pero hoy no voy a hablaros de esa clase de escritores sino de El Escritor. Un autómata de verdad que es capaz de mover pendularmente una pluma y plasmar cualquier palabra.

Obra del relojero suizo Pierre Jaquet-Droz, El escritor vio la luz hacia 1772, después de 6 años de arduo trabajo. No el vano, el pequeño autómata está compuesto por más de 6.000 piezas; por ello es capaz de escribir sobre el papel como si fuera un ser humano, con tal meticulosidad que produce escalofríos, y uno se afana entonces en escudriñar los ojos del autómata, acaso para encontrar algo de vida en ellos.

Entonces, al mirar los ojos del autómata, descubres otro rasgo que lo hace todavía más humano: los ojos siguen el texto a medida que lo escribe. Y no se limita a escribir empleando el típico movimiento pendular con la pluma, sino que hace mucho más: moja a la pluma en el tintero y hasta la sacude ligeramente para no manchar el papel. También resulta turbador cuando el autómata deja de escribir de improviso y levanta la mirada, perdiéndola en el horizonte, como si fuera un escritor de verdad en busca de inspiración o persiguiendo algún pensamiento furtivo.

Gracias al complicado mecanismo interior del autómata, que sedujo y espantó a muchos mandatarios de la época (incluso el emperador chino encargó una copia para él), el autómata puede escribir cualquier frase en cualquier idioma. Basta con seleccionar los caracteres con una rueda y establecer el orden en que deben escribirse.

Jaquet-Droz, incluso, se burlaba de las teorías de Descartes en sus exhibiciones, ajustando el mecanismo del autómata para que escribiera la sentencia Pienso, luego existo.

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