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El tecnológico Palacio de Cristal de 1851 y las extrañas maravillas que albergaba

El tecnológico Palacio de Cristal de 1851 y las extrañas maravillas que albergaba
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En 1851, Londres era la capital mundial del comercio, la riqueza y la innovación en todas sus vertientes. Ya Karl Marx, mientras vivía en la capital, señaló abrumado que en Gran Bretaña se podían adquirir nada menos que 500 tipos distintos de martillo.

A raíz de toda esta riqueza, nació el Palacio de Cristal, probablemente el lugar preferido de los londinenses para divertirse, y también el lugar donde se albergaría la Gran Exposición. Ideado por el genio de Joseph Paxton, el Palacio de Cristal era algo así como el Disneyworld de la época, pero con mayor interés técnico y científico. Un lugar que habría hecho las delicias del profesor Franz de Copenague y de MacGyver.

El Palacio de Cristal fue un pabellón de 600 metros de largo y 120 de ancho, con una altura de 34 m. El edificio abarcaba una superficie enorme que solo estaba separada del mundo exterior por una cubierta compuesta exclusivamente de vidrio espeso y hierro. 358 arcos metálicos que implicaban un peso suplementario de 500 toneladas, más de 18.000 placas de vidrio, 2.300 vigas con un peso total de 3.500 toneladas. Fue el primer edificio que se construye como si fuera una estructura, con módulos montables (segmentos metálicos + planchas de cristal) Para cubrir la estructura se utilizaron más de 300.000 hojas de vidrio colocadas en más de 5.000 columnas y cercas de hierro. Estas hojas de vidrio era las más grandes utilizadas hasta entonces y se traían directamente desde las fundiciones de Birmingham por tren (en algunas ocasiones se tardaba tan sólo una media de 18 horas entre la fundición y la entrega).

Éstas son algunas de las maravillas que el edifico albergaba:

-Un cuchillo con 1851 hojas.

-Mobiliario tallado a partir de bloques de carbón del tamaño de muebles.

-Un piano a cuatro bandas para cuartetos caseros.

-Una cama que se transformaba en una balsa salvavidas, y otra que lanzaba automáticamente a su ocupante a una bañera recién preparada.

-Artilugios voladores de todo tipo, aunque ninguna funcional.

-Instrumentos para llevar a cabo sangrías.

-El espejo más grande del mundo.

-Una estufa prusiana en forma de caballero con toda su armadura.

-Una montaña enorme de guano procedente de Perú. Sí, la caca era importante, como ya os expliqué en el artículo El día en que la escasez de caca de pájaro casi acaba con la humanidad.

-Una maqueta de un puente colgante destinado a unir Gran Bretaña con Francia.

-Los famosos diamantes Hope y Koh-i-Noor, que describe así Bill Bryson en su libro En casa:

El diamante Koh-i-Noor se había convertido dos años antes en una de las joyas de la corona, después de ser liberado (o expoliado, según el cristal con que se mire) por el ejército británico durante la conquista del Punjab, en la India. Pero el Koh-i-Noor fue una decepción para la mayoría. Pese a ser enorme y tener casi doscientos kilates, estaba toscamente tallado y su brillo era deficiente Después de la exposición, fue audazmente recortado y convertido en un diamante de 109 quilates, y engarzado a la corona real.

Y muchas, muchas más cosas. En total había más de 6.500 expositores dedicados exclusivamente a mostrar los avances de los diferentes países en la Revolución Industrial. Tantas cosas que The Times calculó que, ver la exposición al completo requería unas 200 horas. De todos los avances presentados, los que más repercusión tuvieron fueron los excusados en el interior de las casas, las bañeras fijas, las estufas de gas y los refrigeradores.

Sin embargo, en 1936 estalló un incendio que terminó de destruir el Palacio, sin que se hicieran esfuerzos posteriores por reconstruirlo.

Más información | Las quimeras de Lady Elizabeth

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