En la anterior entrega de este artículo nos preguntábamos si el efecto Westermarck tenía un origen genético y que éste hubiera sido favorecido por la selección natural porque el incesto es biológicamente nocivo. ¿Cuánto hay de cierto en ello?
La verdad es que todavía estamos lejos de una explicación completa de la evitación del incesto. La evitación del incesto reduce la endogamia y con ello aumenta la producción de hijos sanos, ello podría haber favorecido que el efecto Westermarck se extendiera por toda la población, desde una incidencia muy baja a una presencia muy extendida en sólo diez generaciones (al menos en la teoría de la genética de poblaciones).
Sin embargo, todavía no se han descubierto los genes que provocan dicho efecto. Tampoco cómo se produce el efecto psicológico entre las personas que se crían juntas: ¿ocurre durante el juego, al comer juntos, en los intercambios agresivos…? ¿Quizá es el simple aroma de la otra persona? ¿Algún estímulo visual?
Se añade más complicación al tema del incesto cuando entra en juego la poliédrica influencia cultural, los tabúes del incesto. Muchas sociedades son permisivas con los matrimonios entre primos hermanos, pero los prohíben entre los hermanos.

No importa que hablemos de seres humanos de distintas culturas, tampoco de primates sociales no humanos en los que se ha estudiado en profundidad el desarrollo sexual (como los titís y tamarinos de Sudamérica o los macacos asiáticos). El efecto Westermarck se produce en todos ellos.