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No dejamos de herirnos y de morirnos: la aritmética de fallecer demasiado pronto (y II)

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También hay médicos que tienen sus propias manías a la hora de explorar a un paciente que acaba de llegar a la sala de urgencias.

Lo hay que, lo primero que hacen antes de intervenir al paciente, es comprobar las plantas de los pies: si las plantas de los pies están blancas, normalmente es señal de hemorragia interna y de choque, y el médico sabe que tiene que intervenir enseguida.

Hemos observado una fórmula para estimar el grado de supervivencia de una persona que sufre un traumatismo. Pero también existe otra para cuantificar si una persona ha muerto demasiado pronto o no de manera natural. Dicha estadística se llama YPLL, por sus siglas en inglés, una unidad de medida de los años perdidos de vida potencial.

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¡No quiero morir! Cuando ir al médico es peor que no ir

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La posibilidad médica de retardar la muerte constituye un progreso, pero al mismo tiempo genera nuevos interrogantes éticos: ¿hasta dónde debe prolongarse la vida de un enfermo terminal? ¿Qué cuidados se le deben aportar? ¿En qué momento preciso se puede decir que una persona ya está muerta?

Como dice Carl Sagan en su obra Los dragones del Edén, unas de las primeras consecuencias de las facultades anticipatorios inherentes a la evolución de los lóbulos prefrontales debe haber sido la conciencia de la muerte.

Y es que con toda seguridad el ser humano es el único organismo de la Tierra con una idea relativamente clara de la inevitabilidad de la muerte. Mors certa, hora incerta, afirma el adagio latino. No es la que la idea de la muerte estuviera ausente antes del espectacular desarrollo del neocórtex; lo que ocurre es que hasta aquel momento nadie había reparado en que la muerte sería su destino último.

Desde el plano médico, se pueden distinguir tres nociones de muerte:

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