El director de cine M. Night Shyamalan ha basado parte del éxito de sus películas en esos finales sorpresa, esos giros de tuerca que todo lo cambian y enriquecen. Si os explicara el final de El bosque, de El protegido o de El sexto sentido, probablemente os estropearía la película. Pero no voy a revelar spoilers, tranquilos.
Del mismo modo, si series como Perdidos, Heroes o la reciente Flashforward gozan de tan buenas audiencias es, en gran parte, porque recurren al ejercicio del cliffhanger (dejar al espectador colgado al final de un capítulo, a la espera del siguiente) y de los giros de tuerca que todo lo redimensionan. Las telenovelas también fundan su éxito en este sistema, llegando hasta límites grotescos.
Pero ¿cuáles son las bases neurológicas que nos inducen a engancharnos a esta clase de artificios? ¿Por qué nos gusta que nos sorprendan y nos descoloquen?
Todo se debe a la dopamina.

Laurent Itti, de la Escuela de Ingeniería Viterbi, y Pierre Baldi, del Instituto de Genómica y Bioinformática, ambos en el sur de California, han creado una teoría matemática de la sorpresa y la atención humanas. Su unidad de medida, el Oh (wow, en inglés). Así pues, algo que es muy sorprendente, tiene un alto contenido oh o de wow.