Hay algo peor que un intelectual que desdeña las ciencias naturales. Un intelectual que finge saber de ciencia y preña su discurso de impostura, ininteligibilidad y una buena colección de palabrejas que han sido tomadas prestadas del ámbito científico.
A esta ralea pertenecen autores que los intelectuales de ciencias sociales y humanidades veneran (precisamente porque no entienden ni una palabra de lo que escriben: fuera de la ciencia, se aplaude al que resulta hermético y adolece de claridad expositiva, pues ello es signo de sabiduría), como Lacan, Derrida, Baudrillard, Feyerabend o Deleuze.
Una panda de impostores impostados que van de Einstein cuando probablemente no saben cuál es el segundo principio de la termodinámica.
A fin de desenmascarar toda esta pamema orquestada por pedantes, Alan Sokal, un brillante físico francés, invirtió parte de su tiempo en escribir cosas como la siguiente:

El engaño o error deliberado más divertido de la historia de la ciencia sea posiblemente el que Isaac Asimov urdió al escribir el revolucionario trabajo académico Propiedades Endocrónicas de la Tiotimolina Resublimada.