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Elogio de la irreligión

Las matemáticas dejan en ridículo el código secreto de la Biblia (I)

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El supuesto código de letras que esconde la Biblia ha generado incontables libros de análisis conspiranoico y los fenicios frotamientos de manos de muchas editoriales sin escrúpulos. El código secreto de la Biblia, de Michael Drosnin, es un ejemplo manifiesto de ello: incluso se atrevía a afirmar que la Biblia contenía profecías de hechos contemporáneos.

Las matemáticas, sin embargo, con una lánguida elegancia, desmontan el mito en pocos segundos.

El último intento de encontrarle un significado profundo a la Biblia tuvo lugar a raíz de la publicación de un artículo en una revista de estadística que sugería que la Torá, los 5 primeros libros de la Biblia, contenía secuencias de letras equidistantes que profetizaban relaciones significativas entre personas, eventos y fechas.

El matemático John Allen Paulos explica así esta supuesta conexión estadística:

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La mayoría se equivoca: matemáticamente comprobado.

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Existen por ahí diversas teorías psicológicas y de la información que tratan de demostrar una realidad contraintuitiva: que la mayoría se equivoca. Que la masa es tonta. O, como dice el filósofo Gustavo Bueno, que 100 individuos, que por separado pueden constituir un conjunto distributivo de 100 sabios, cuando se reúnen pueden formar un conjunto atributivo compuesto por un único idiota.

De ahí procede normalmente la disfuncionalidad y la trágica insularidad del genio.

Sin embargo, en un estupendo libro del matemático John Allen Paulos he encontrado una confirmación matemática de esta hipótesis. Una prueba más por la cual no debemos creer en, por ejemplo, fenómenos sobrenaturales independientemente de cuántas personas sostengan un mismo fenómeno: no importa si el fantasma lo vieron 2 o 100 personas. Es más, si lo vieron 100 personas, todavía existen más posibilidades de que el fantasma no exista.

Por eso la ciencia no se fía de los testimonios, aunque se éstos cuenten por miles, sino de las pruebas empíricas reproducibles. La gente no es de fiar. Y la gente en grandes cantidades, mucho menos.

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Contra el diseño inteligente

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A pesar de que la teoría de la evolución de Darwin es una de las teorías más sólidas y coherentes de la historia de la ciencia, todavía existen muchos colectivos que se niegan a aceptarla como verdadera, amparándose en el creacionismo (los menos leídos) o en el diseño inteligente (los que han leído un poco más).

Este artículo está dirigido para los segundos (sospecho que los primeros requieren de una instrucción previa muy elaborada o sencillamente han dejado de escuchar los razonamientos externos a su propio cráneo).

El diseño inteligente funda su tesis en que el mundo en general y las formas de vida en particular poseen tal grado de complejidad que ello evidencia una clara intención o dirección de la naturaleza, así como un diseñador inteligente previo, un planificador (esta entidad debe de ser Dios, por supuesto).

Este argumento, llamado teleológico, se remonta a la antigua Grecia, pero su proponente más popular tal vez sea el teólogo inglés William Paley, que emplea la famosa analogía del relojero: imaginemos que paseamos por el bosque y encontramos un reloj tirado en el suelo. Así como es evidente que tamaña sutileza técnica como es un reloj posee un constructor y no ha sido creado por casualidad, lo mismo debe aplicarse a la abrumadora complejidad natural que nos rodea; por ejemplo, la de un ojo humano.

Irónicamente, esta analogía del reloj se remonta a Cicerón, en cuya época los relojes eran de sol y de agua.

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