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La venta de agua cada vez es un negocio más lucrativo: sencillamente la gente ha adoptado la creencia de que el agua es salud, y que cuanto mejor sea el agua, más salud tendrá: así pues, mejor el agua embotellada o filtrada que la del grifo. Por ello la gente cada vez compra más agua embotellada, o realiza costosas inversiones para instalarse filtros purificadores.

Pero ¿hasta qué punto esto es cierto?

En la mayoría de los países del Primer Mundo, el agua del grifo es potable y no reviste ninguna contraindicación para la salud. Por ejemplo, según la Inspección Británica de Agua Potable:

Todo el suministro de agua potable de Inglaterra y Gales puede beberse con seguridad y no es preciso instalar ningún tratamiento doméstico adicional como medida de protección sanitaria.

Además, un informe reciente reveló que el 99,96 % de las muestras de agua cumplían las normas legales respecto al control de pesticidas. Las que no la cumplían tampoco suponían un riesgo sanitario.

En Estados Unidos, la calidad del agua corriente posee más variaciones, pero hasta el Consejo de Defensa de los Recursos Naturales considera que no es necesario filtrarla.

La Asociación de Consumidores concluyó asimismo en un informe que el agua corriente, filtrada o no filtrada, a menudo sabía mejor que el agua embotellada, y que ninguna fuente de agua contenía niveles peligrosos de bacterias.

Entonces ¿los negocios de agua filtrada son un timo? No exactamente. Lo cierto es que el agua filtrada con esos procesos es más saludable. El problema es que sólo es ligeramente más saludable. Hasta el punto de que, pensar que podemos prolongar nuestra esperanza de vida con el agua filtrada en vez de agua sin filtrar, es como pensar que aumentaremos nuestra calidad de vida con 91 minutos de ejercicio semanales en vez de 90 minutos. La diferencia es despreciable.

Incluso los fabricantes de filtros más honestos no se esfuerzan demasiado en vender la idea de que el agua filtrada es más saludable:

Por ejemplo Brita, líder del mercado británico, centra su marketing en los beneficios generales de beber agua y únicamente en la mejoría de su sabor que ofrecerían sus filtros. También reconocen abiertamente que sus cartuchos no pueden eliminar nitratos, asegurándonos que las “empresas de agua tienen que cumplir las normas establecidas por el reglamento de la calidad del agua de la Comunidad Europea.

Con el agua embotellada sucede algo parecido (incluso algunas aguas embotelladas ni siquiera son minerales sino filtradas, como Aquafina de Pepsi o Dasani de Coca-Cola). El petróleo y el agua embotellada pronto rivalizarán por ser la mercancía cuyo comercio genera más dinero en el mundo; no en vano, el empresario multimillonario estadounidense Thomas Boone Pickens, que forjó su fortuna en las explotaciones petroleras de Texas, ahora ha visto donde está el verdadero negocio: comprar reservas de agua para luego embotellarla y venderla a precio de oro.

De añadidura, las botellas de plástico son un verdadero problema medioambiental. Las botellas de agua producen sólo en Estados Unidos un total de 1,5 millones de toneladas de desperdicios de plástico; un plástico que ha requerido 178 millones de litros de petróleo para ser fabricado. El plástico no es biodegradable, tardará cientos o miles de años en desaparecer.

Tenedlo en cuenta la próxima vez que sobreestiméis el incremento infinitesimal del riesgo que supone para nuestra salud el beber agua no filtrada o comer fruta con cantidades minúsculas de pesticidas.

Con todo, si os interesa profundizar en los entresijos del agua, sus orígenes y su historia, así como el espectacular auge de la industria del agua embotellada, podéis visionar la serie de documentales que emiten en Canal Odisea titulado Bebidas del mundo, que tiene uno en particular dedicado al líquido elemento.

Vía | ¿Se creen que somos tontos? de Julian Baggini

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