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¿Por qué tenemos cosquillas y nos reímos cuando nos las hacen?

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Las cosquillas pueden ser una fuente de diversión, y generalmente solo podemos sentirlas si nos las procura otro. Así pues, ¿cuál es la justificación evolutiva de las cosquillas?

Según el reurocientífico de la Universidad de Maryland, Robert R. Provine, a la sazón autor del libro La risa: una investigación biomédica, las cosquillas constituyen un mecanismo de cohesión social entre compañeros, y favorecen el forjar un entramado de relaciones entre los miembros de una familia y sus amigos. La risa como respuesta a las cosquillas ya se produce en los primeros meses de vida.

Las cosquillas que se llevan a cabo entre niños también podría ser una fortalecimiento del mecanismos de defensas. En 1984, el psiquiatra Donald Black, de la Universidad de Iowa, advirtió que muchas partes del cuerpo propensas a las cosquillas, como el cuello o las costillas, son también más vulnerables en el combate. Dedujo así que los niños aprenden de esta manera a proteger esas partes durante los juegos con cosquillas.

En las cosquillas también podría estar el origen de la misma risa humana. La risa, en realidad, responde a las relaciones sociales. La risa es una forma de decir al otro: te entiendo, estamos en sintonía. Por eso reímos con más frecuencia cuando hay gente alrededor y los demás ríen y no cuando estamos solos. (Por eso las risas enlatadas funcionan en las comedias de la tele).

Reímos fundamentalmente porque la risa es una especie de lubricante emocional que une a los padres con sus hijos durante los años más vulnerables del desarrollo. Los padres conectan más rápidamente con sus hijos cuando éstos se ríen. Y los hijos reirán con una frecuencia mucho mayor que cualquier adulto. El juego de hacer cosquillas al bebé, por ejemplo, es una constante en todas las culturas. Y el niño puede reír, incluso, ante la perspectiva de cosquillas.

En los pies también tenemos muchas cosquillas. Sin embargo, el pie derecho siente más cosquillas que el pie izquierdo, en la mayoría de casos, tal y como constataron en los años 1980 científicos italianos. En 1998, dos investigadores de la Universidad de Stirling repitieron el experimento usando un dispositivo que garantizara un estímulo constante: se pegaba en la planta del pie con una varilla de nylon en tres ocasiones a intervalos de un segundo.

Uno de los experimentos más extraño a propósito de las cosquillas fue el llevado a cabo por Clarence Leuba, un profesor de psicología de la universidad de Ohio, que decidió hacer cosquillas a mansalva por allá 1930. La intención era comprobar que la risa no era algo innato y que las personas aprendían a reirse por necesidad, cuando se les hacía cosquillas.

Leuba probó a hacer cosquillas a su propio hijo, obligando al resto de la familia a permanecer serios. Pero el experimento se le frustró cuando descubrió a su esposa jugando con el niño, haciéndole cosquillas, y riendo.

Leuba no se rindió y volvió a probar con su hermana.

En definitiva, un jadeo rápido puntuado por oclusiones glóticas, ja-ja-ja, la risa, nos hace sentir bien. La risa, incluso, se enlata y se reproduce una y otra vez para dar empaque a las comedias de la televisión: la primera vez fue en 1950 acompañando a The Hank McCune Show. La risa es omnipresente y tiene un gran poder, además de ser contagiosa, pero ignoramos todavía mucho sobre sus fundamentos neurológicos.

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