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El panteón de los cerebros geniales o cortando el cerebro de Lenin en 31.000 secciones

El panteón de los cerebros geniales o cortando el cerebro de Lenin en 31.000 secciones
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¿Os acordáis del museo de cabezas de Futurama? Flotando en alguna solución protectora, miles de cabezas privilegiadas de la historia permanecen alienadas en los anaqueles del museo, a la espera de que entablemos conversación con ellas. Allí está Chomsky, por ejemplo. O Nixon, ejem.

Algo parecido se llevó a cabo en marzo de 1914, en el Instituto Emperador Guillermo de Investigación Cerebral y Biología General, dirigido por el doctor Oskar Vogt y apoyado financieramente por Fritz Alfred Krupp, el magnate del acero alemán. Allí se empezó a recibir cerebros de personas intelectualmente sobresalientes, sobre todo científicos. Una suerte de panteón de cerebros geniales que acaso serviría para localizar, físicamente, en algún rincón del cerebro, la fuente de la genialidad.

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Más tarde, por cuestiones políticas, a Vogt le encargaron otro proyecto similar pero de mayor envergadura, en Moscú, dentro del Instituto de Investigación Cerebral de Moscú. En esta ocasión se llamó literalmente “El Panteón de los Cerebros. El primer cerebro recibido fue el de Lenin, en 1924. Luego llegaron los de Máximo Gorki, Konstantin Stanislawski, Sergej Eisenstein, Iwan Pawlow… cerebro a cerebro, hasta 1989. El último cerebro incorporado al Panteón fue el del físico nuclear y Premio Nobel de la Paz en 1975 Andrej Sajarov.

Oskar Vogt trabajó duramente, sobre todo, en el cerebro de Lenin, que en Moscú era considerado casi un ser divino, tal y como cuenta José Ramón Alonso en su libro La nariz de Charles Darwin:

cortaron el cerebro de Lenin en 31.000 secciones. El procesado y estudio de todos esos cortes llevó años. Vogt viajó a Moscú varias veces entre 1924 y 1930. Finalmente expuso algo que ha sido muy controvertido pues hay quien piensa que dijo a los rusos lo que querían oír: que el cerebro de Lenin era distinto, que tenía algo de peculiar. Según Vogt, las neuronas piramidales de la capa III de la corteza cerebral eran de un tamaño mayor y más numerosas de lo normal, que la capa III era más gruesa y la capa IV más fina que en otros cerebros. Vogt propuso que estas células de la capa III, que él consideraba implicadas en circuitos de asociación, habrían permitido al dirigente ruso una “mente muy ágil, relacionar ideas con gran rapidez, así como su sentido de la realidad.

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Con tantos cerebros geniales por delante, el proyecto necesitaba más financiación. Pero todo quedó en suspenso cuando Hitler llegó al poder. Vogt fue maltratado y obligado a dimitir de la dirección del Instituto por el gobierno nazi en 1937. Y es que, para el Tercer Reich, “Lenin tenía queso suizo en la cabeza”.

Krupp financió de nuevo otro instituto similar para Vogt en Neustadt, en la Selva Negra, donde se empezaron también a analizar los cerebros de los condenados a muerte en los juicios de Nuremberg a fin de estudiar las características anatómicas de la criminalidad nazi.

En 1945, partes del cerebro de Lenin trasladadas por Vogt para su estudio seguían en Alemania. Había riesgo de que pudiera caer en manos de los americanos que podrían usarlo para denigrar al auténtico padre de la Unión Soviética (…). Según dos belgas, L. Van Bogaert y A. Dewulf, los soviéticos montaron una operación de comando para impedir que los americanos se hicieran con el tejido nervioso. Debe de ser la única misión militar que se haya hecho nunca para conseguir unas preparaciones neurohistológicas y unas trocitos de cerebro. Y así, aquellos restos de un ser humano llamado Vladimir Ilych Lenin, bien custodiados por el Ejército Rojo, retornaron a Moscú.
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