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Cuando veo por la tele a uno de esos jetas que dicen que, a través de la grafología, pueden adivinar parcelas de tu personalidad, me subo por las paredes. Es algo visceral, pauloviano. Lo mismo me pasa cuando el jeta asegura que tal o cual persona es más o menos culpable de un crimen porque se le nota en el escorzo, en la manera de andar, en la forma de hablar o en su fisonomía. También me pasa cuando alguien te muestra una dibujo sin sentido y te pide que le expliques qué ves tú para sacar a la luz tus más recónditos secretos psicológicos.

La diferencia entre estas pseudociencias y los que miran el porvenir en la bola de cristal son mínimas (ambas carecen de sustento científico), sin embargo las primeras gozan de mucho respeto en los medios de comunicación. E incluso, horror, se han colado en algunos procesos judiciales (y no como forma de peritaje sino como manera de de identificar o describir la personalidad de un individuo e intentar determinar características generales del carácter. Una barbaridad, vamos.

Lo que uno crea que ve en unas manchas no tienen ningún rigor científico, por mucho que exista una Sociedad Internacional del Test de Rorschach. Tampoco prueba nada lo que una persona dibuje, como ya se ha demostrado en numerosas ocasiones. Ya en 1967, por ejemplo, se llevó a cabo un experimento contra esta idea que ya se considera clásico (pero que los medios de comunicación contemporáneos parecen ignorar).

El experimento fue realizado por un equipo de psicólogos compuesto por un matrimonio, Loren y Jean Chapman, de la Universidad de Wisconsin. El estudio trataba de poner en evidencia un tipo de evaluación psiquiátrica muy popular en los años 1960 denominada “Prueba de dibujo de una persona”. Según los expertos en estos dibujos, gracias a ellos se podían detectar todo tipo de problemas, como la paranoia, la sexualidad reprimida y la depresión.

En el experimento, los Chapman enseñaron a un grupo de estudiantes dibujos de personas realizados por pacientes psiquiátricos, junto con una breve descripción de sus síntomas. Después preguntaron a los voluntarios si habían detectado algún patrón en los datos. Tal y como explica Richard Wiseman en reciente libro ¿Esto es paranormal?:

Curiosamente, los voluntarios informaron sobre los mismos tipos de patrones que los profesionales que llevaban años utilizando. Consideraban, por ejemplo, que la gente paranoica dibujaba ojos atípicos, los hombres que tenían problemas relacionados con la masculinidad dibujaban figuras anchas de espaldas y que los órganos sexuales de tamaño reducido indicaban problemas relacionados con la impotencia. Sólo había un pequeño problema. Los Chapman habían apareado dibujos y síntomas de forma aleatoria, de modo que no había verdaderos patrones en los datos. Los voluntarios habían visto lo invisible.

Lo que prueba el experimento, además de que esa técnica psiquiátrica es una paparrucha, es que los seres humanos somos extraordinariamente buenos a la hora de prestar atención a los acontecimientos que presentan algún tipo de coincidencia, sobre todo cuando respaldan nuestras creencias: los voluntarios, por ejemplo, ya sabían de antemano que los paranoicos dibujarían ojos grandes, de modo que se fijaron en los casos donde esto ocurría, y quitaron importancia a los dibujos de paranoicos que dibujaban ojos perfectamente normales.

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