A muchos de vosotros os habrá ocurrido alguna vez: soñáis algo, por ejemplo que se muere un familiar, y zas, al día siguiente ocurre realmente. Entonces ¿habéis sido testigos de un sueño premonitorio? ¿Hay conexiones que se nos escapan? ¿Nuestra mente tiene poderes sobrenaturales?
Nada de todo eso si empleamos las matemáticas.
Imaginemos que uno de vosotros sueña todas las noches desde los 15 años de edad hasta los 75 años. Eso equivale a 21.900 noches con sueños. Ahora imaginemos que soñáis con una tragedia que solo ocurre una vez cada generación (como el incendio de un ayuntamiento, por ejemplo, o la erupción de un volcán), y que lo soñáis una única vez en toda vuestra vida. ¿Qué probabilidades hay de que esa tragedia ocurra al día siguiente de soñar con ella? Concretamente 22.000 a 1.
En apariencia, es una probabilidad muy baja. Sin embargo, el problema reside en creernos el centro del universo. Hay muchos millones de personas en nuestro país que también tienen sus propios sueños. Si en España hay 40 millones de personas, 1 persona de cada 22.000 (casi 2.000 personas) sufrirán esta extraña experiencia en su vida en relación a una tragedia tan exclusiva que solo sucede una vez cada generación.

Ni cruzar los dedos, ni tampoco evitar pasar por debajo de una escalera. Tampoco buscar un trébol de cuatro hojas. Ni siquiera esquivar un gato negro. Para llamar a la buena suerte hay formas mucho más científicamente refrendadas.
Cuando veo por la tele a uno de esos jetas que dicen que, a través de la grafología, pueden adivinar parcelas de tu personalidad, me subo por las paredes. Es algo visceral, pauloviano. Lo mismo me pasa cuando el jeta asegura que tal o cual persona es más o menos culpable de un crimen porque se le nota en el escorzo, en la manera de andar, en la forma de hablar o en su fisonomía. También me pasa cuando alguien
Richad Wiseman, junto a la experta en acústica Sarah Angliss, llevaron a cabo un experimento para probar hasta qué punto los infrasonidos podían ser los responsables de nuestras visiones místicas.
Habíamos dejado a Vic Tandy,
No recuerdo ninguna película de la historia del cine cuyo protagonista, tras sufrir una intensa experiencia paranormal (por ejemplo, ver o interactuar hasta cierto punto con lo que parece un fantasma o un espíritu) sencillamente asuma que no sabe lo que ha visto y que hay docenas de explicaciones más plausibles de lo que acaba de sucederle que un simple fantasmas. Y que finalmente la película se resuelva de esa forma madura y escéptica. (Dentro de poco se estrena la esperada Luces Rojas, de Rodrigo Cortés: esperemos que sea una excepción).
He de admitir, para mi vergüenza y escarnio, que mi cerebro está lleno de spam. Sin caer en la falsa modestia, no es que yo sepa más cosas que el ciudadano medio sino que sé muchas cosas que la mayoría de la gente desconoce. El problema, como he dicho, es que muchas de estas cosas son conocimientos pueriles, banales, carentes de toda utilidad, puro spam.
La idea de que la gente religiosa es especialmente altruista y da a quien lo necesita está tan enquistada en nuestra cultura que nadie la cuestiona. Sin embargo, hay una serie de investigaciones que ponen en duda si ese altruismo es tan generalizado como parece.
¿Por qué nos hacen tanta gracia los chistes de Lepe? Para los que no conozcáis España, Lepe es una pequeña localidad de personas perfectamente normales. Sin embargo, por azares del destino (moda, precedentes sociológicos o vaya usted a saber qué), la gente se ha empeñado en pesar que en Lepe viven los españoles más tontos del país. No importa que esto sea cierto o no, lo interesante en que ese tópico ha arraigado en el bagaje cultual de los españoles.
Hace algo más de un mes os hablaba de las estrambóticas investigaciones que llevaba a cabo John Trinkaus, de la Universidad de Nueva York: podéis revisar algunas de ellas en