¿Cómo llega un medicamento al mercado o por qué no nos podemos fiar de la homeopatía, las flores de Bach y otros timos? (I)

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A rebufo de los comentarios que algunos han dejado en el artículo Ayer fui a la farmacia y me quisieron vender flores de Bach, creo que se impone una breve explicación acerca del procedimiento que se sigue para aprobar la venta de un medicamento.

Algunos de vosotros habéis arremetido contra el artículo aduciendo que yo tengo la mente cuadriculada y que no soy quién para despreciar técnicas alternativas que a determinadas personas parecen funcionarles. No es cierto. Puedo despreciarlas en tanto en cuanto la técnicas no superen el procedimiento que a continuación os voy a explicar. Tal vez alguna de esas técnicas resulte eficaz pero todavía no se ha conseguido probar convenientemente; en cualquier caso lo que se denunciaba en el artículo no era eso: era la irresponsabilidad que supone poner a la venta en una farmacia productos que no han sido probados como eficaces (en el mejor de los casos) o que violan las leyes de la naturaleza que conocemos (en el peor).

Eso no es tener la mente cuadriculada, sino ser responsable con la salud y atentar contra los derechos del consumidor. Por el contrario, tener la mente abierta no significa creer en todo sin discriminación crítica, sino estar dispuesto a que algo funciona cuando funciona y no rechazarlo de plano.

Dicho lo cual, vamos a resumir cómo funciona el tinglado de los ensayos clínicos y demás (una información que debería ser impartida en todos los colegios del mundo).

Antes de entrar en el meollo, no obstante, es conveniente desautorizar un prejuicio que suele argüirse en esta clase de temas: que las farmacéuticas son el mal, que sólo buscan el beneficio económico, que engañan y pagan a científicos para que afirmen que sus productos funcionan frente a los productos naturales que en realidad tienen menos efectos secundarios.

Este tópico es fácil de rebatir, pero sobre todo es un tópico que incurre una falacia lógica: si estamos discutiendo sobre un sistema fiable para averiguar si los medicamentos son eficaces o no, resulta ingenuo considerar que sólo las farmacéuticas son malvadas: en teoría lo serán todas las empresas que se dediquen a vender productos que presuntamente pueden curar o aliviar síntomas: lo cual no deslegitima el sistema fiable para averiguar la eficacia de un medicamento sino que afirma una obviedad: que las empresas no son de fiar. “Ya, pero las farmacéuticas que venden productos alópatas tienen más poder y, por tanto, tienen más posibilidades de ser malignas”, diría alguien. Falso: las farmacéuticas quieren dinero, así que es una estupidez gastar recursos en desautorizar productos naturales en vez de ponerse también a venderlos. Espera, ya ha pasado: Boiron es un laboratorio que vende homeopatía (un producto ineficaz según los ensayos clínicos), sin embargo ha convertido a Boiron en una empresa muy lucrativa. Es decir, que parece que Boiron también es maligna: se hace rica y, además, según el criterio científico, lo hace engañando al consumidor.

Si todavía creéis que las farmacéuticas distorsionan pruebas para su beneficio (algo que ocurre, por supuesto, como hay abogados que estafan y taxistas asesinos), quizá os interese saber que las farmacéuticas no lo tienen nada fácil para hacerlo. Y el peor enemigo de las farmacéuticas, irónicamente, no son los que adulan lo “natural” y desprecian lo “químico” sino los propios científicos. Por ejemplo, el British Medical Journal es una de las revistas médicas más relevantes del Reino Unido. Pues bien, si observamos los tres artículos más populares de esta revista de todo el año 2005 (en base al número de veces que se referenciaban en artículos académicos y otros parámetros), resulta que esos tres artículos destacados contienen (como tema central) algún tipo de crítica sobre un medicamento, una empresa farmacéutica o un procedimiento médico.

Con esto quiero decir que los propios científicos son muy críticos entre sí. Encontrar errores en colegas es casi un deporte, así como una forma de escalar académicamente (además del motor que hace progresar la ciencia). Así pues, el sistema imperante, de partida, ofrece muchas garantías de que la investigación no se tergiverse: si lo hace, no tardarán otros científicos en publicar los traspiés.

Con todo, insisto, las farmacéuticas persisten en ocultar pruebas y resultados. Pero eso lo hacen todas las empresas humanas. Lo que hay que exigir es mayor control, no una demonización de una parte del espectro farmacéutico y una sacralización de la otra parte.

Dicho lo cual, vayamos a analizar el viaje de un fármaco desde los tubos de ensayo hasta las farmacias. Os emplazo a todos a la segunda entrega de este artículo.

Vía | Mala Ciencia de Ben Goldacre

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