La puerta del infierno, cortesía de John Bradley

La puerta del infierno, cortesía de John Bradley
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Bienvenidos a La puerta del infierno (o en inglés, The Burning Gate). Está situada en el desierto de Turkmenistán. Concretamente en las proximidades de la pequeña aldea de Darvaza (en idioma turcomano, Derweze, que significa la Puerta), cuyos habitantes son en su mayoría de la tribu Teke, cuyo estilo de vida es nómada.

El desierto de Karakum ocupa el 70 % del país y es muy rico en petróleo y gas natural: de hecho, sólo el 2,5 % de la tierra es cultivable y su población es menor a los 5 millones de habitantes, así que más que un país es un pedazo de desierto lleno de oro negro. En 1971, un equipo de geólogos soviéticos, que se hallaba en la región realizando perforaciones en busca de yacimientos de gas, dio por casualidad con una caverna subterránea que estaba repleta de gas natural.

Toda la excavación se desmoronó y se precipitó hacia las profundidades. En parte para evitar que los gases tóxicos surgieran al exterior y también para poder descender a recuperar su valioso equipo de perforación sin riesgos, optaron por prenderle fuego al gas para eliminarlo, creyendo que la incineración de los gases sería algo rápido. Algo así como esas llamas que nacen del trasero de alguien cuando se tira una flatulencia y alguien acerca la llama de un mechero. Un visto y no visto pirotécnico. Pero no fue así.

Ya hace 35 años que se prendieron esos gases tóxicos y todavía, a día de hoy, los gases continúan en llamas, como si fuera una llamativa entrada al inframundo maldito que hay bajo nuestros pies.

Imaginad el aspecto que debe tener de noche en el desierto. En mitad de la nada, un fulgor rojizo destella en la oscuridad, como un sol en miniatura o una gran barbacoa; o, a juzgar por el comportamiento de los insectos, que no pueden evitar arrojarse a las llamas como pilotos kamikaze, este pozo infernal también recuerda a veces a esos tubos de rayos ultravioleta que cuelgan de algunos restaurantes y chisporrotean cada vez que un insecto se deja arrastrar por su magnetismo lumínico.

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Si conseguís superar las restricciones burocráticas para acceder a Turkmenistán y los difíciles accesos hasta llegar al pozo de Darvaza, tendréis la oportunidad de descubrir lo que decía Nietzsche, lo de que si miras el abismo, el abismo te devuelve la mirada… aunque sólo lo podréis comprobar durante unos minutos, pues la temperatura enseguida se vuelve insoportable. Si preferís contemplarlo desde la comodidad de vuestro sofá, entonces os recomiendo que busquéis por Internet las sorprendentes imágenes del fotógrafo John Bradley o los videos grabados por Philips Connor.

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