¿Es saludable el celibato? Las ventajas de contraer matrimonio (y III)

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Como decíamos en la entrega anterior de este artículo, los viudos reciben una peor alimentación porque ya no tienen una esposa que los cuide. Y es que las modernas investigaciones confirman que el matrimonio es bueno, pero que los hombres y las mujeres no obtienen los mismos beneficios de él.

El índice de mortalidad, según la estadística, arroja que estar casado prolonga la vida del hombre 7 años, pero la vida de la mujer sólo se prolonga 2 años. En cualquier caso, el matrimonio es más beneficioso para la salud que la mayoría de los tratamientos médicos.

Pero ¿por qué existe esta diferencia?

Es lo que ha tratado de responder la reciente investigación del demógrafo Lee Lillard y sus colaboradores, Linda Waite y Constantijn Panis. Tras analizar a más de 11.000 hombres y mujeres que iniciaron y concluyeron sus matrimonios en el periodo transcurrido entre 1968 y 1988, descubrieron detalles interesantes.

Los cónyuges se proporcionan apoyo mutuo y se conectan el uno al otro a una red social más amplia de amigos, vecinos y parientes. También es menos caro vivir juntos que separados. Los cónyuges también son depósitos de información y fuentes de asesoramiento continuo, de ahí que uno influya tanto en el comportamiento del otro, desde si tenemos que abrocharnos en cinturón de seguridad hasta si hay que comer fuera o ahorrar.

Esto ocurre, en parte, porque tienen un defensor devoto de sus intereses.

Las personas casadas eligen hospitales de mayor calidad y los tratamientos médicos les causan menos complicaciones que a los viudos y a los solteros. Es una evidencia que el apoyo emocional del cónyuge produce disminución del pulso cardiaco, refuerzo del sistema inmunitario y prevención de la depresión.

Pero los hombres salen ganando en esta vida en equipo porque, al casarse, generalmente los hombres dejan sus hábitos de soltero, asumiendo su papel de adulto: venden la moto, dejan de consumir drogas ilegales, comen de forma más ordenada, consiguen trabajo, vuelven a casa a una hora razonable y empiezan a asumir responsabilidades con mayor seriedad.

Es decir, que las mujeres modifican tanto el comportamiento de los hombres que les prolongan la vida: los hombres ya no necesitan hacer tanto el gallito para obtener pareja (de hecho, si los hombres tienen una esperanza de vida inferior a la de la mujer es, en parte, porque el hombre tradicionalmente adopta el rol de conquistador, adoptando más conductas de riesgo, bebiendo más, fumando más, corriendo más con el coche, etc., como los pavos reales arrastrando enormes colas de colores que les imposibilita huir de los depredadores).

No hay que entrever un sesgo sexista en este estudio. Es cierto que el rol de las mujeres ha cambiado espectacularmente en los últimos años, pero igualmente estos roles básicos obedecen a comportamientos muy arraigados biológicamente en el sexo masculino y femenino. En cualquier caso, lo que resulta obvio es que hay un intercambio asimétrico de beneficios, al menos por el momento.

Si el hombre, nada más casarse, experimenta un sustancial y marcado declive en su riesgo de fallecimiento, en la mujer esto no ocurre de ningún modo: su índice de mortalidad desciende más gradualmente y es menor.

El mismo patrón se detecta con la viudez: si la esposa mure, el riesgo de fallecimiento del marido se eleva bruscamente, pero no tanto el de la mujer si muere el marido. Lo que podría suceder aquí es que, cuando los hombres mueren, lo que más incide en la salud de su esposa de cuanto aportan al matrimonio (es decir, el dinero) no desaparece (y está presente en forma de activos como una casa y una pensión).

Por el contrario, cuando una mujer fallece, lo que más incide en la salud de su esposo, el apoyo emocional, un hogar bien gestionado, etc., sí que desaparece bruscamente. Al menos en el escenario actual, en el que la mayoría de sociedades aún son los hombres los que ceden en mayor proporción la gestión del hogar a las mujeres.

Lo que sucede con los matrimonios homosexuales se desconoce todavía.

Y lo que quizá os resultará más chocante es que la edad de la mujer y del hombre también influye en todos estos datos. Casarse con una mujer más joven es beneficioso para un hombre, mientras que casarse con un hombre más joven no es beneficioso para la mujer. Incluso, hasta ciertos límites, cuanto mayor es la diferencia de edad entre un marido mayor y una mujer más joven, mayores son los beneficios para la salud de ambos.

Lo que refuerza la tendencia ancestral y biológica entre hombres y mujeres de establecer una transacción del tipo “sexo y respaldo a cambio de dinero”. ¿Hasta qué punto esta tendencia desaparecerá con los nuevos cambios socioculturales en relación al sexo que se avecinan? ¿Hasta qué punto la cultura podrá neutralizar instintos primarios tan arraigados en la biología humana?

Son preguntas que podremos contestar dentro de unas décadas. Por el momento, contraed matrimonio. Todos saldréis ganando, sobre todo vosotros.

Vía | ‘Conectados’ de Nicholas A. Christiakis y James H. Fowler

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