Un de los libros más célebres que retrata cómo el humor es el gran enemigo del dogma (el dogma es una estructura que no puede evolucionar ni cambiar por definición, así que en el fondo es extremadamente débil a las críticas o los ridículos) es El nombre de la rosa, de Umberto Eco.
En la trama de la novela se plantea la posibilidad de que un monje anciano y ciego, antiguo bibliotecario de una abadía, empeña su vida en ocultar un libro, el segundo libro de la Poética de Aristóteles, supuestamente dedicado a la comedia, la risa y el humor como efectivos transmisores de la verdad. Supuestamente, sí, porque no conservamos el libro de Aristóteles.
El personaje representa aquí una ortodoxia autoritaria, aferrada al pasado, paradigma del cristiano, enfrentado a Fray Guillermo de Baskerville, que personaliza la cultura de la risa, la que cuestiona la ortodoxia, considerando que nada es definitivo y que todo debe ser reinterpretado y contemplado con un sano escepticismo.
La risa bufonesca, pues, no sólo es temible para la autoridad, los reyes o los que llevan corbatas demasiado ajustadas al cuello, sino para los que temen que la duda se infiltre en su verdad suprema. La risa se ríe de todo, por definición no respeta nada. Y las verdades incuestionables, para no apagarse, necesitan respeto incuestionable

Sumidos en una neblina se hallan los orígenes de uno de los dispositivos protésicos más comunes del ser humano (antes de que se implantara la cirugía láser): los anteojos, las gafas, incluso esas gafas tan molonas de color negro que en los años 1980 eran casi un símbolo: las Rayban Wayfarer, que llevó Tom Cruise en Risky Business o los Blues Brothers.