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La niña que desmontó la pseudociencia del Toque Terapéutico (I)

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El pensamiento que alimenta las pseudociencias es primitivo y rudimentario. Sin embargo, no es necesario construirse una supermente para advertir que el sustento de las pseudociencias es, cuando menos, endeble. La prueba de ello es que una simple niña (probablemente bien educada: es decir, alejada de dogmas y empujada al pensamiento crítico) consiguió dejar en evidencia una pseudociencia respaldada por millones de personas con un experimento escolar.

La pseudociencia en cuestión es el llamado Toque Terapéutico, una de las técnicas “holistas” de enfermería más practicadas, a pesar de su tufo a misticismo y curandería. Por ello sorprende que el Toque Terapéutico se enseñe en más de 80 centros de formación y escuelas universitarias de enfermería, en más de 70 países. Se lleva a cabo en más de 80 hospitales de Norteamérica. Las asociaciones estadounidenses de enfermería más importantes lo promueven. Su inventora asegura haber formado a más de 47.000 terapeutas durante 20 años. Se han publicado al menos 245 libros o disertaciones en cuyo título, palabra clave o índice se incluyen las palabras “Toque Terapéutico”.

Cualquier persona desinformada, pues, podría plantearse que el Toque Terapéutico debe de tener algo de verdad. Pero lo cierto es que no lo tiene. Es más: lo cierto es que sus fundamentos son tan ridículos que producirían hilaridad si la práctica no estuviera tan enquistada en la sociedad.

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Programa infantil dedicado al escepticismo

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Antes se emitía en Televisión Española un programa infantil de divulgación científica que, espero, recuperen algún día. El programa se llamaba Leonart y era estupendo (aunque mi favorito siempre será El mundo de Beakman).

Uno de los capítulos de Leonard, sin embargo, se dedico exclusivamente al escepticismo científico. Si no me equivoco, creo que fue el único programa infantil en el que se potenciaba el pensamiento crítico y se desdeñaban las pseudociencias (cuando lo habitual es que se haga lo contrario).

En el capítulo se repasan conceptos como la Navaja de Occam o se analizan pseudociencias como la astrología. ¿Os imagináis más programas de este tipo emitidos en la franja horaria protegida (excluyendo así a Belén Esteban)?

Si tenéis curiosidad, a continuación podéis ver el programa completo:

Vía | Cerebros no lavados

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Newton y las profecías bíblicas (y III)

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La última retahíla de excentricidades de Newton las enumera Martin Gardner:

A Newton no le interesaban ni la música ni el arte, y en cierta ocasión describió despectivamente la poesía como “disparates ingeniosos”. Nunca hizo ejercicio, no tenía aficiones recreativas ni interés por los juegos, y estaba tan obsesionado con su trabajo que muchas veces se olvidaba de comer o comía de pie para ganar tiempo. Tenía pocos amigos, e incluso con ellos se mostraba con frecuencia pendenciero y rencoroso. En una de sus cartas a John Locke, su mejor amigo entre los filósofos británicos, le decía: “Siendo de la opinión de que siempre intentas embrollarme con tus lamentaciones y por otros medios, me sentía tan afectado por ello que cuando alguien me dijo que estabas enfermo y no vivirías, le respondí que mejor estarías muerto. Deseo que me perdones por esta falta de caridad.

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Newton y las profecías bíblicas (II)

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Como Newton se tomaba muy en serio sus creencias y no quería que le tomaran por un chiflado, se tomo la molestia de demostrar que el Antiguo Testamento es una historia exacta y precisa elaborando una cronología de la historia del mundo basada en datos astronómicos como los eclipses y los movimientos de las estrellas, y leyendas como la de Jasón y los Argonautas, qué él consideraba auténtica.

Es decir, que con mucho ingenio y paciencia, finalmente consiguió armonizar la historia bíblica con las historias laicas del mundo antiguo. O algo parecido. Un esfuerzo intelectual inmenso que, de haberse reconducido de otro modo, quién sabe qué aportaciones científicas hubiera generado.

Por esa razón, en las biografías se menciona poco o nada de todos esos años en los que Newton despilfarró su genio. Por ejemplo, en la undécima edición de la Encyclopaedia Britannica, sólo se dedica un breve párrafo a sus estudios bíblicos. Pero en la decimocuarta edición, ni siquiera se menciona.

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